The Gringotts

Entra, desconocido, pero ten cuidado

con lo que le espera al pecado de la codicia,

porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

deberán pagar en cambio mucho más,

así que si buscas por debajo de nuestro suelo

un tesoro que nunca fue tuyo,

ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

de encontrar aquí algo más que un tesoro...


10 de diciembre de 2010

La Mademoiselle Et Le Prince: Chapitre 1

La Mademoiselle Et Le Prince

Chapitre 1
Un royaume loin, très loin

Había una vez, en un reino muy, muy lejano, en una tierra fértil y con grandes planicies de aire libre; con valles y bosques, montañas y praderas, cerca del mar azul turquesa, un reino prolífico que era gobernado por un benevolente rey, y su reina, una dama muy fina.

El rey y la reina vivían en un flamante castillo con altos muros y torrecillas elegantes. Su palacio estaba ubicado en lo alto de una montaña, y en él, habitaban tanto el rey y la reina, como su corte imperial. El castillo era un lugar tranquilo y alegre, y la gente del palacio, así como los pueblerinos y campesinos, eran personas sencillas y alegres.

Todos, excepto la reina.

El rey se caracterizaba por ser amable, bondadoso y por pensar en los demás, antes que en el mismo, al momento de tomar sus decisiones. Era de baja estatura y un estómago prominente. Su cabello era negro, pero ya mostraba zonas grisáceas, y su bigote gracioso, no lograba opacar sus enigmáticos ojos grises.

La reina, por otro lado, era cruel y fría. Alta y delgada, con una piel pálida, largo cabello rubio y ojos azules, gozaba de hacer sentir menos a los demás. Le gustaba ser siempre el centro de atención, y cosa que quería, la conseguía. La reina no tenía sentimientos por nadie más que por ella misma, y en ocasiones por el rey, pero esto sólo ocurría cuando se encontraba interesada en algo, y su esposo podía proporcionárselo. Aparte de eso, los reyes casi nunca cruzaban palabra alguna. Después de todo, lo suyo había sido un matrimonio por conveniencia para unificar dos reinos.

El rey y la reina tenían ya varios años de “dulce” matrimonio; sin embargo, la reina no había podido darle aún un primogénito al rey, más que nada a que la reina se negaba a ser madre. Por otro lado, el rey se encontraba ya preocupado ya que no tenía un heredero que ocupara su lugar cuando el muriera, y por más que intentaba convencer a su mujer, esta se negaba a darle hijo alguno.

Así pasaron varios años, hasta que, una noche de frío invierno, una anciana llegó al castillo, pidiendo refugio por una noche.

-Vengo de un reino muy, muy lejano –se explicó la anciana, quien temblaba a causa del frío intenso-. No tengo familia en estas tierras, y estoy solo de paso. Si su majestad, se tentara el corazón y le diera asilo a esta pobre vieja, solo por una noche, le pagaré con creces la ayuda extendida.

La reina inmediatamente se quejó y negó rotundamente.

-No puedes permitir que semejante pordiosera entre al castillo –le dijo al rey-. No es digna siquiera de mirar los altos muros, y no sabemos si es espía de algún reino enemigo. Que se vaya –dijo como última palabra.

Pero el rey, negándose por vez primera a las peticiones de su mujer, le abrió las puertas del palacio a la anciana, y la dejó entrar, colocándola en uno de los mejores aposentos que tenía el castillo. Ordenó que se le llevara comida y agua, que se le dieran ropas nuevas y limpias, y que se le cobijara con esmero para que no pasara frío esa noche.

A la mañana siguiente, cuando el rey acudió a primera hora del día a ver a su invitada, la habitación donde la anciana se había hospedado, se encontraba vacía. La cama estaba tendida y los muebles tapados, como si nunca, en muchos años, hubiera estado alguien en ese lugar. La reina le reprochó su acto, y se alejó del lugar con una mirada altanera, y pidiendo que no se hablara más del asunto. La corte del rey se alejó igualmente, fingiendo que nada había pasado.

Pero el rey, permaneció todo el día encerrado en esa habitación. Caminó describiendo círculos en la alfombra llena de polvo, y corrió las cortinas para que la luz del sol entrara, iluminando el lugar. Abrió las ventanas para que corriera la brisa, y respiró profundamente en frío aire. Se encontraba confundido, y no entendía como había sido que la anciana hubiera desaparecido así sin más.

Cuando estaba por irse, un pequeño ruiseñor entró volando por la ventana, y se posó gentilmente en las almohadas de la cama. El rey lo miró curioso: del pico del pequeño ruiseñor, prendía un pedazo de pergamino, con una cinta roja.

El ruiseñor dejó la carta en la cama, y así como había entrado a la habitación, rápida y elegantemente, de la misma forma salió de ahí. El rey se acercó temerosamente, pero igualmente curioso, a la cama, tomó la carta, y con dedos temblorosos la abrió. La carta, decía así:

Para el Rey Armando (porque así se llamaba el rey):

Te agradezco mucho la hospitalidad de la pasada noche para con esta pobre anciana. Agradezco infinitamente las atenciones y el trato amable, como si me tratase yo de un igual, cosa que no puedo serlo ante usted, su majestad.

Por tanto, es mi deber informarle, que ha demostrado usted ser una persona de gran corazón. Ayudar a esta noble hada que escondía su verdadero yo, lo ha expuesto a usted como digno del deseo que mora en su corazón.

He visto en sus ojos su alegría, su tristeza, he podido ver sus deseos y aquello a lo que le teme. Mis poderes son grandes, pero no muy extensos, y es por ello que sólo puedo ofrecerle, a cambio de su amabilidad, el deseo que su corazón pide a gritos.

Su mujer, aquella que se ha negado a ofrecerme asilo, será castigada con el deseo que su corazón, mi buen rey, anhela. Usted y su mujer, serán concedidos con el regalo que es el nacimiento de una hermosa niña. Una princesa digna de su palacio. Así como seguramente usted debe ya saber, noble rey,  su mujer no desea el nacimiento de esta pequeña niña. Es por eso que le doy yo esta oportunidad de tener a su amada princesa, pero le advierto, que depende de usted la felicidad de la pequeña.

No me queda más que agradecerle nuevamente el permitirme volver con bien a mi reino. Si alguna vez, por causas adversas, termina topándose su camino nuevamente con el de un hada, no dude en que recibirá igualmente el trato y la atención que usted me ha brindado. Pregunte por la Reina Antoinelle, quien le tratará como su igual.

Atentamente:
El hada Monique

El rey terminó de leer, atónito, y sin saber si creer o no. Se dobló la carta y la guardó en su bolsillo, y salió de la habitación, con la cabeza llena de preguntas sin respuesta. Había escuchado muchas historias fantasiosas sobre hadas, pero no estaba completamente seguro de si creía en ellas o no. Se encontraba escéptico, pero igualmente deseoso de creer que era verdad, ya que, como la carta le había expuesto, era su más grande deseo convertirse en padre. Y más que nada, más que querer un príncipe que continuara con su reinado, quería una princesa, para colmarla de alegrías y protegerla como la pequeña flor que sería.

Así como se guardó la carta en el bolsillo, el rey se guardó el conocimiento que esta traía, y no dijo nada a su corte, ni a sus asesores, ni a su misma reina. El rey se quedó callado, y expectante, a lo que pudiera ocurrir, 9 meses después.

Y 9 meses después, la princesa Amelié nació.

3 de diciembre de 2010

The Count

"Desde que tenía memoria, Melissa tenía una manía. Si, seguro que tú también tienes una de esas. Hay gente cuya manía es acomodar las crayolas por órden en la gama de colores, otros cuya manía consiste en acomodar los cubiertos a la misma altura en la mesa, y otras gentes que prefieren depender de acomodar libros o discos por órden alfabético y hasta cronológico.

Pero la manía de Melissa es algo diferente. De hecho, no sé si debí llamarla manía, pero no se me ocurre otra palabra mejor para describirla.

Podemos empezar a describir este caso particular cuando Melissa tenía 6 años, y había querido salir a jugar con su padre al jardín delantero de la casa. Y papá dijo que no. Así que Melissa se guardó las ganas y la pelota, mientras subía las escaleras de la casa para dirigirse a su habitación, rebotando la pelota en cada peldaño, y contando los pasos. “Entretente en otra cosa, estoy ocupado” había sido la respuesta de su padre.

Así que después de contar los 16 escalones que la llevaban al piso superior, y los 14 pasos que la separaban de la puerta de su habitación, dejó caer la pelota, la cual rebotó 12 veces hasta llegar a un rincón donde se detuvo, y miró a la ventana. Se apoyó en el alfeizar de ésta, mientras contemplaba como 10 pajaritos se alejaban del árbol que estaba frente a ella, 8 hojas caían silenciosamente: el otoño teñía todo de marrón. 6 autos pasaron por la calle de enfrente, y 4 niños cruzaban la calle para ir a jugar futbol. Melissa cerró los dos ojos y se acostó en la cama.

Y fue así como su manía nació.

Si, les dije que su manía es algo rara, pero, ¿qué puedo hacer yo?

Ahora, Melissa acababa de cumplir los 21 años. Un orgullo para papá, aún una bebé para mamá. Melissa había tenido, hasta entonces, un total de 4 ex novios, y un novio actual. Mientras contaba los usuales 16 escalones y 18 pasos que la separaban de la cocina a su habitación, pensaba en aquellos pocos chicos con los que su vida había llegado a estar tan unida. Sacó de la bolsa de papel la dona que había comprado en la panadería de la esquina (separada de su casa por 37 respiraciones), y le dio un par de mordidas. Se acercó al computador, y lo encendió. 13 segundos después, tecleaba su contraseña (de 14 dígitos) y un par de parpadeos más tarde, se acostó en la cama, aún masticando la dona, que colgaba de su mano derecha.

No supo porqué en ese momento se acordó de sus ex novios. Miró por la ventana: 2 pajarillos revoloteaban frente a ella, y se posaban en el árbol, el cual dejó caer 5 hojas marrones lentamente hacia el montón que seguramente esperaban ya abajo. Otoño. Melissa odiaba el otoño. Ignoró las 7 nubes que tenían curiosas formas, y se asomó por debajo de la cama: ahí había una caja de cartón, la cual salió lentamente de debajo de la cama, cuando Melissa dejó la dona en el buró, y la jaló.

La caja prontamente fue abierta. Ahí estaban todos sus recuerdos que, extrañamente, aún conservaba de sus ex novios. Recuerdos, promesas y regalos. Todo estaba en esa caja empolvada. Melissa empezó a sacar una que otra cosa, y mientras los limpiaba un poco, reflexionaba.

Lo primero que salió, fue un osito de peluche color café caldero. Regalo de su primer ex novio. David, se llamaba. Melissa le había detectado una constancia a la hora de comer: daba 5 cucharadas al plato, y tomaba un trago de agua. También recordó su manía por tocar la guitarra durante 25 minutos, todas las noches. Y no pudo olvidar la costumbre de aguantar la respiración durante 10 segundos antes de entrar a la casa. Dejó el oso aún lado.

Después, sacó de la caja un pequeño joyero, regalo del segundo ex novio. Él se llamaba Josué, y tenía la manía de ponerse el sweter 3 veces antes de salir de casa. También cuando estornudaba, lo hacía siempre 6 veces, y sobre todo, las 9 palabras altisonantes que formulaba siempre que tenían una discusión. El joyero quedó junto con el oso.

Posteriormente, de la caja, salió un prendedor para cabello, en forma de rosa negra. Melissa le dio vueltas entre los dedos, mientras recordaba al tercer ex novio, de nombre José. Si, Melissa también le había detectado ciertos patrones a él, como los 4 movimientos que bastaban para estacionar el auto, o los 8 besos que le daba en cada ida al cine. También estaban las 12 rosas rojas que le regalaba en cada aniversario. El prendedor encontró su sitio entre el joyero y el oso de peluche color caldero.

Del fondo de la caja, surgió una copia del libro del principio, si, regalo del 4to ex novio. Se llama Jesus, y así como los 3 anteriores, tenía ciertas manías que Melissa había encontrado prontamente. Jesus acostumbraba tomar los vasos de agua en 6 tragos, le tomaba 12 minutos tomar decisiones difíciles, y acostumbraba pedir perdón 18 veces, cuando metía la pata.

Y así como el resto de los regalos, el libro cayó junto con ellos. Melissa se recostó en la cama, mirando al techo, y las 5 estrellas doradas que lo adornaban. Miró la hora en su reloj de la pared. Eran las 8:00. El novio actual se había comunicado con ella en todo el día.

Melissa se sentía inquieta, repentinamente se había dado cuenta, su novio actual, no tenía manías. No había patrones. Estaban por cumplir un años juntos, y en todo ese tiempo, Melissa no había encontrado algún patrón en sus acciones, en su rutina diaria. El único patrón que había encontrado la alteraba, y esperaba que ojalá y estuviera equivocada.

El novio actual tenía la costumbre de decir “te quiero” 10 veces al día. Al principio era bonito, después se volvió perturbador. 10 veces, ni una más, ni una menos. Si aún no llegaba medio día, y él ya las había dicho, no volvía a repetir esas dos palabras hasta al día siguiente. Y no importaba cuantas veces Melissa lo pidiera, de sus labios nunca había salido una 11va ocasión. Y después, cuando el novio actual empezó a decir “te amo” la cuenta se redujo a 5.

Si estaban a media velada romántica, y Melissa le pedía que dijera te amo, por 6ta ocasión en el día, él simplemente se negaba, y no volvía a decir nada romántico o tierno.

Melissa se incorporó rápidamente, y se sentó en la cama. Tomó los recuerdos y volvió a dejarlos caer en la caja, la cual volvió a quedar escondida bajo la cama. La dona glaseada regresó a la bolsa de papel, y Melissa, dejando el computador encendido, y tomando las llaves del auto, volvió a bajar los 16 escalones, y a dar los 14 pasos que la separaban de la cochera. La puerta del garaje tardó en abrirse 12 segundos, y 10 minutos después, se encontraba llegando a la casa del novio actual. Se lo pensó 8 veces si tocar y esperar a que abriera, o simplemente usar la copia de las llaves que le había dado, 6 meses antes. Corrió hacia la puerta de la casa, y 4 segundos después, estaba ya adentro. No se lo pensó dos veces, y simplemente entró.

Caminó en silencio. La casa estaba muy tranquila, y algo en ella la inquietaba. Se asomó a la cocina; no había nadie. Escuchó pasos en el piso de arriba. Pensó en gritar el nombre de su novio, para hacerlo bajar, pero algo le dijo que era mejor llegar de sorpresa. Se quitó los zapatos, y subió las escaleras de puntitas. Extrañamente, contuvo la respiración también. Llegó al pasillo del 2do piso, y giró a la izquierda. La puerta del cuarto de su novio estaba ligeramente abierta. Escuchó risitas; risitas femeninas. Se le erizó el vello de la piel. Se acercó aún más lento. La puerta entreabierta sólo mostraba el espejo de cuerpo completo, en el cual se reflejaba…

Su novio se encontraba sentado en la cama, con una chica pelirroja y de piel muy pálida. Ambos desnudos, ambos abrazados, ambos recorriéndose la piel, besándose con ganas, tocándose con los ojos cerrados. La chica se recostó en la cama: su larga cabellera se extendió por las almohadas. Él se recostó sobre ella.

“Me dices si te duele” susurró él, pero lo suficientemente alto como para que Melissa, quien aún estaba detrás de la puerta, lo escuchara todo.

La pelirroja asintió con la cabeza. El chico entró lentamente en ella, mientras ella gemia. Melissa apretó los puños y se mordió el labio. Sin embargo, no apretó los ojos: no sentía ganas de llorar.

Dejó caer los converse a medio pasillo, y bajó las escaleras haciendo mucho ruido. Los gemidos y risitas dentro de la habitación se detuvieron. Melissa cerró la puerta delantera de la casa, dando un portazo, y un par de segundos después, se encontraba ya dentro del auto, arrancando, para irse a casa.

Melissa tenía su manía, no podía evitar contar todo lo que pasara por delante de ella. Conocía de este modo, las manías que la gente escondía para sí mismas. Los conocía más de lo que ellos sabían. Soportaba las manías de acomodar los colores, de organizar los discos y libros por orden alfabético y cronológico; entendía la manía de respirar profundamente cierta cantidad de veces antes de entrar a un examen, comprendía la manía de masticar la comida 20 veces y luego tragar. Confiaba en esas personas, porque de este modo, controlaban sus miedos, sus ansiedades. Confiaba en ellas, porque las comprendía. Pero nunca, nunca más, volvería a confiar en alguien que necesitara tener un control sobre los sentimientos, porque esta clase de manía era indiscutible. No volvería a tener algún novio que le dijera “te amo” o “te quiero” cierta cantidad de veces en el día. No volvería a confiar en alguna persona que, para fingir cariño, tuviera que ser tan controlador con sus acciones."

30 de noviembre de 2010

The Feelings Story

"Cuentan que, una vez, se reunieron en un lugar de la Tierra todos los sentimientos y cualidades de los hombres. Cuando el aburrimiento había bostezado ya por tercera ocasión, la locura, como siempre tan loca, se alborotó diciendo ~¿Jugamos al escondite?~. La intriga levantó la ceja intrigada, y la curiosidad, sin poder contenerse, preguntó: ~¿Al escondite? ¿Y cómo es eso?~. ~Es un juego -explicó la locura- en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno, hasta un millón, mientras ustedes se esconden. Cuando yo haya terminado de contar, debo encontrarlos a todos, y al primero que encuentre, deberá ocupar mi lugar para continuar con el juego~.

El entusiasmo bailó, secundado por la euforia. La alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda, e incluso a la apatía, a la cual nunca le interesaba nada. Pero no todos quisieron participar: la verdad prefirió no esconderse, porque siempre la descubrían, y por su parte, la soberbia prefirió no esconderse, opinando que era un juego muy tonto, pero en el fondo, le molestaba que la idea no había sido suya. Y la cobardía... Bueno, ella prefirió no arriesgarse.

~Uno, dos, tres...~ comenzó a contar la locura.

La primera en esconderse fue la pereza, quien, como siempre, se dejó caer en la primera piedra del camino. La fe subió al cielo, y la envidia se escondió tras la sobra del triunfo que, con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La generosidad casi no alcanzaba a esconderse, cada sitio que encontraba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos: un lago cristalino, ideal para belleza; una rendija de un árbol, perfecto para timidez; el vuelo de la mariposa, lo mejor para voluptuosidad; una ráfaga de viento, magnífico para libertad... Así, terminó ocultándose en un rayito de sol.

El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio: un pequeño lugar ventilado y cómodo... pero eso sí, solo para él. La mentira, por su parte, se escondió en el fondo de los océanos. ¡Mentira! en realidad se escondió detrás del arco iris. Y la pasión y el deseo se escondieron juntos en el centro de los volcanes. El olvido... Se me olvidó dónde se escondió, pero eso no es importante.

Cuando la locura contaba ya 999,999, el amor aún no había encontrado sitio idóneo para esconderse, pues todo se encontraba ya ocupado. Hasta que divisó un rosal, y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores.

~Un millón~ contó la locura, y comenzó a buscar. La primera en aparecer fue la pereza, sólo a tres pasos de la piedra. Después encontró a la fe, quien se encontraba discutiendo con Dios en el cielo, sobre teología. Sintió a la pasión y el deseo en el vibrar de los volcanes. En un descuido encontró a la envidia, y por tanto pudo deducir donde se encontraba el triunfo. Al egoísmo no tuvo ni que buscarlo, ya que salió disparado de su escondite, el cual había resultado ser un nido de avispas.

De tanto caminar, sintió sed, y al acercarse al lago, descubrió a la belleza. A la duda resultó más fácil encontrarla todavía, ya que se encontraba sentada en una cerca, sin decidir aún de que lado esconderse. Así fue encontrando a todos: la mentira se había escondido detrás del arco iris. ¡Mentira! Ella estaba en el fondo del océano. Encontró hasta al olvido, que se había olvidado de que estaba jugando al escondite.

Pero el amor era el que no aparecía por ninguna parte. La locura lo buscó detrás de cada árbol, bajo cada falla del planeta, en la cima de las montañas, en las orillas de la playa... Cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal con sus rosas rojas. Tomo una horquilla y comenzó a mover sus ramas. Cuando, de pronto, un doloroso grito se escuchó. Las espinas habían herido en los ojos al amor. La locura no sabía que hacer para disculparse: lloró, rogó, imploró, pidió perdón...

La locura sacó de los matorrales al amor, temeroso de hacerle más daño, y cuidadosamente, lo llevó con los grandes sabios. La locura les explicó sobre el juego que estaban jugando, como había ido encontrado a todos los sentimientos, y como al final solo le faltaba encontrar al amor. Y explicó también cómo lo había encontrado, y el daño irreparable que había cometido.

Los grandes sabios escucharon su historia sin interrumpir, y cavilando cada palabra que decía la locura. Al final, se miraron entre ellos, y, asintiendo, dijeron lo siguiente:

~A pesar de que ha sido un accidente, la vida del amor ya no será la misma. Ha sido tu culpa, por lo tanto la responsabilidad yace sobre tus hombros. Ahora, es tu deber cuidar del amor. Serás su lazarillo, y no podrán separarse el uno del otro~.

Desde entonces, desde aquella primera vez que se jugó al escondite en la Tierra, desde el acontecimiento de aquel desafortunado accidente, el amor es ciego, y la locura siempre lo acompaña."



28 de noviembre de 2010

The Time Traveler

"-Mamá... ¿Si pudieras regresar el tiempo...? Si tan solo... ¿Si regresaras al pasado, te volverías a casar con mi padre?

-Es una pregunta curiosa. Conocí a tu padre en la Universidad. Él era un par de años mayor, y recuerdo, como si hubiera sido ayer, que me enamoré de él a primera vista. Era alto, delgado, con una mirada profunda y unos labios gruesos. Era guapo, y perfecto. Cálido y alegre... Era todo lo que siempre había soñado.

>>Tu padre, en ese entonces, tenía una novia muy bonita, y perfecta para él. Ella era igualmente alta y delgada, con una cabellera rubia larga y ondulante. Sus labios eran rojos carmesí, y su mirada denotaba juventud y felicidad. Y cuando estaban juntos, se veían perfectos. Así que puedo decirte, que lo amé en silencio, un par de años...

>>Cuando él se graduó de la universidad, no supe más de él. Al menos no directamente. Llegaban las noticias sobre él, y como poco a poco se iba convirtiendo en una persona importante, y respetada. Un par de años después, me gradué yo de la carrera, y salí a conocer el mundo. Quien diría que nos toparíamos nuevamente, y que lo conocería al fin.

Fue un encuentro casual y muy curioso. Me encontraba yo ahogando mis penas en un bar, y él se reunió conmigo. Debí haberle dado pena ajena. El caso es que me acompañó esa noche a beber, y me reconfortó con un abrazo y unos consejos. Claro que mis penas de amor relatadas esa noche, el sigue sin saber que fueron causadas por él. Él no sabía que yo lo amaba.

>>Así, cada semana iba a ese bar, con la esperanza de verlo. Cada semana él me acompañaba a beber, y prontamente la compañía mutua se hizo necesaria, hasta que, un par de años después, él dejó a su novia rubia y delgada, por mí.

>>Llevo enamorada de tu padre muchos años.

>>Daño irreparable que los años me han ido reclamando. Supongo que es el karma lo que me está haciendo sufrir, el hecho de haber separado a tu padre y a su amada novia de universidad. Tu padre se volvió una persona fría, sin sentimientos; reservado por siempre en sí mismo, apenas naciste tú, se olvidó de que existíamos, de que tenía una familia. El poder y la fama habían nublado su mente, y en su cabeza ya no había espacio para nada que no fuera la empresa.

>>Me preguntas que si regresara el tiempo, me casaría yo nuevamente con él. Y a pesar de lo que te he contado y he sufrido, te respondo que sí, lo haría nuevamente.

>>Aún tengo la certeza de que he salvado de un horrible matrimonio a una linda joven rubia y delgada; alta, con hermosos labios carmesí y una radiante mirada hacia el futuro.

>>Y si eso no fuera suficiente, si tu padre y yo no nos hubiéramos casado, tú no hubieras nacido, y no te tendría para aliviar mi soledad... Hijo mío, tu padre podrá ser todo lo cruel, despiadado y sin corazón que quieras... Pero yo aún lo sigo amando..."





The Merry Christmas

"Sólo vengo a pedirte un favor. Quizá creas que es mucho, pero, es todo lo que necesito. Todo lo que necesito de ti.

Regálame una navidad.

Sabes, es curioso; mis navidades, desde mi más tierna infancia, han sido todo menos momentos de felicidad, tranquilidad, paz y amor. Año con año he vivido solo, triste, amargado y olvidado estas fechas tan especiales.

La navidad no me trae más que soledad y amargura. No puedo concebir en ella una velada cálida a los pies de una chimenea, no me imagino a mi mismo cenando pavo y disfrutando de su sabor. En mi mente no cabe la idea de cantar villancicos, comer las 12 uvas, platicar y reír con la familia alrededor de la mesa... Eso no existe para mí.

Y, sin embargo, esta navidad quiero pasarla contigo.

Vuélvela mi recuerdo más agradable, mi pensamiento más emblemático; regálame nada más esta noche, y lléname de amor, de paz, de agradecimiento, de tranquilidad...

Lléname de ti.

Te pido que me abraces mientras cantamos tu villancico favorito; te pido que me leas una historia mientras el calor de la chimenea nos envuelve; te pido que te vuelvas mis deseos en esas 12 uvas; que seas tú la que ría sentanda junto a mí en aquella mesa; que seas quien corta el pavo...

Te pido que esta navidad, no me dejes solo; que no te separes de mí, que no me olvides...

Convierte esta navidad en algo inolvidable, y después, si es lo que quieres, vete, márchate, abandóname en mi soledad.

Después de esta navidad, no me importará si te vas y me olvidas, porque después de que cumplas mi deseo de navidad, la temporada volverá a ser depresiva, solitaria, e insoportable para mí. Pero con la diferencia de que ahora, podré recordar el cálido recuerdo de tu navidad, y sonreiré, por saber que no te tengo..."