The Gringotts

Entra, desconocido, pero ten cuidado

con lo que le espera al pecado de la codicia,

porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

deberán pagar en cambio mucho más,

así que si buscas por debajo de nuestro suelo

un tesoro que nunca fue tuyo,

ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

de encontrar aquí algo más que un tesoro...


3 de abril de 2011

The Report

-Tal como dije: lo prometido es deuda –y Robert puso la modesta carpeta sobre el escritorio de Christine, en el pequeño despacho del cual disponía su departamento.
-Aún después de tantos años, me sorprende la habilidad con la que consigues desempeñarte con tanta rapidez, y precisión.
-Querida, si alguien no escuchara, pensarían que me halagas por el sexo –Christine le dirigió una mirada aniquiladora, con lo que Robert borró un poco su sonrisa, y desvió la mirada.
-¿Esto es todo lo que tienes que entregarme?
-Así es –Robert aún miraba a la pared de al lado.
-En ese caso –y sacó de la cartera 500 dólares, en efectivo, y se los dio a Robert-, puedes irte.

Apenas Robert tomó el dinero, salió de la modesta oficina, y la secretaria, Katie, entró al despacho llevando en la charola de plata una taza de té, que puso junto a la carpeta que Robert acababa de entregar.

-Gracias –dijo Christine, mientras Katie se retiraba cerrando la puerta tras de sí. Christine dio un pequeño sorbo a la taza, y se dispuso a leer.

Lo que encontró, si bien era algo común, inclusive entre los estándares en los que se movían los asesores financieros, dejó a Christine un poco nerviosa, y sorprendida.

Dentro del informe, había cosas comunes para la gente que disponía de dinero: gastos excesivos en alcohol, reservaciones en hoteles caros, mujeres por todos lados, y un apetito sexual un poco alarmante. Y aún así, no había nada fuera de lo común. Nada, excepto por las mujeres, y aquella que se hospedaba en esos momentos, en el penthouse.

Era común que los adolescentes ricos (porque para Christine, Jacoby seguía teniendo mente de adolescente) se dividieran en dos grandes grupos: los que tenían novia, y los que tenían prostitutas.

El primer grupo era sencillo: tenían una novia igualmente de rica y poderosa, hermosa y plástica como todas, con las que eran felices y no se metían en problemas. El otro grupo, simplemente acudía a los barrios bajos de la ciudad, se llevan una prostituta, quizá dos, tenían el sexo que de haber tenido novia hubieran practicado en las noches, y por las mañanas, dejaban el dinero junto a ellas, y se marchaban sin más.

Esos eran los dos grandes grupos en los que podía clasificar a Jacoby, dada su sonrisa carismática, mirada alegre y aura de “no rompo ni un plato”. Pero Christine sabía (y suponía que Robert sospechaba lo mismo), que por dentro, Jacoby Williams era completamente diferente.

La chica que ocupaba el penthouse (de la cual desconocía su nombre) calificaba perfectamente para ser novia de Jacoby: era hermosa, se veía a simple vista que era rica, y no dudaba que fuera poderosa entre los altos círculos de aquella sociedad tan cerrada de Manhattan.

Y aún así, la corta llamada telefónica que había escuchado entre aquella chica de cabello negro y Jacoby, la había desconcertado: el simplemente no quería reunirse con ella. Christine lo sabía muy bien, Daniel había aplicado en su caso algo parecido, cuando intentaba zafarse de las fiestas a las que Christine acostumbraba llevarlo.

Christine dio un largo suspiro, dio un trago a su taza de té, apartó el sobre de su alcance, y se puso a pensar. No dudaba que Leopold había juzgado bien la capacidad laboral de aquel “protegido” suyo, eso lo sabía perfectamente bien. La diferencia entre Leopold y ella, era que Christine necesitaba saber todos los detalles que pudiera sobre sus empleados, era por eso que desde hacía muchos años, Robert trabajaba exclusivamente para ella. Robert era su mina de información, y de cierto modo, su motivo del éxito. Robert se encargaba de revisar los historiales de los futuros empleados de Talasha & Co., dejando de lado aquellos que tuvieran problemas maritales, legales, cualquier cosa, por mínima que pareciese, y que pudiese afectar el desempeño de la compañía.

Y aquella extraña presencia de la chica de cabello negro que vivía en el penthouse, dejaba a Christine algo inquieta. No quería desconfiar del juicio de Leopold, el chico seguramente era el mejor en su área, pero tal como Robert había sentido apenas lo vio, Christine supo en ese momento que el chico ocultaba algo.

Así que no le quedó de otra más que abrir nuevamente el informe, mientras marcaba el número de Robert, en su acostumbrada marcación rápida.

-¿Ocurre algo con mi reporte, querida? –preguntó Robert, apenas contestó el teléfono.
-No, para nada –respondió Christine, mientras no retiraba los ojos de la hoja número 3-. Sólo para pedirte un nuevo trabajo.
-¿De quién se trata esta vez?
-La señorita, Alesana Capulet.
-La cual te aseguro que desde hace mucho años ya no es señorita –Robert rió por lo bajo. Christine no respondió. Robert dejó de reír -. ¿Quieres el informe mañana a primera hora?
-Si no es mucho pedir.
-Sabes que puedo tenerlo listo para esta noche.
-Prefiero tenerlo listo junto al periódico de la mañana.
-¿Y el pago?
-Nuevamente la mitad.
-Pero querida, si esta vez a la que le interesa es a ti.
-Cumpliría con tus términos si no supiera que ya as investigado tu esto.
-Me conoces tan bien…
-Es más, conozco tu entretenimiento de coleccionista de información ajena –Christine se levantó de su sillón, y se asomó por la ventana, mirando a la calle.
-¿Y eso que define en esta conversación?
-Tendrás el enorme placer de contármelo cara a cara. Y si, te sigo esperando mañana a primera hora.
-Sera un placer contarte todo lo que se. Hasta mañana entonces…

Y Christine colgó antes de que Robert pudiera añadir su usual “querida”. Aún con el teléfono en mano, Christine contempló un poco más la calle que se encontraba frente al edificio. Suspiró. No quería problemas con la compañía, no cuando por fin cumpliría su sueño de expandirse en Europa. Pensó en Leopold Hudson, quien hasta hacía poco desconfiaba de los americanos. Leopold no había mentido, desconfiaba de los americanos, y Christine, a pesar de ser una, desconfiaba también. No solo eso, los odiaba.

Y era por eso su ilusión tan grande de expandirse a europa. Necesitaba dar pasos pequeños, pero seguros, para después poder irse a lo grande, dejar su banco americano en manos de un buen asesor, o mejor aún, cerrar, y dedicarse completamente a su emporio, en europa.

Christine soñaba en grande. Se despediría por siempre de aquel país que tanto odiaba, y comenzaría una nueva vida, quizá en París, quizá en Verona. Suspiró nuevamente, y se alejó de la ventana. Si no hubiera sido porque se encontraba 15 pisos arriba, hubiera podido ver el largo cabello negro de Alesana Capulet ondear allá abajo.

Pero en ese momento Jacoby y su novia, o lo que fuera, ya no le interesaban. Tenía una cita pendiente en la corte, con su “queridísimo” Daniel.

La Mademoiselle Et Le Prince: Chapitre 5

Chapitre 5
Parmi les arbres

No habían dado los caballos más de una docena de pasos, cuando se escuchó un gruñido. La campesina, Roberto y la reina aguantaron la respiración, y los caballos se detuvieron en seco. El gruñido volvió a repetirse.

-Creo que…
-¿Roberto? –dijo la campesina en un susurro asustado-. ¿Se puede saber que haces?
-Pero si es… ¡Ah!
-¡Sube a ese caballo inmediatamente! –susurró la campesina, quien estaba dispuesta a hacer correr al caballo a todo galope, en cualquier momento.

Roberto, por su parte, se había bajado del caballo, y caminaba a tientas en la oscuridad. El gruñido volvió a oírse de nuevo. Seguido por el ruido, caminó hacia un árbol cercano, y se hincó. Apoyó las manos en el piso lleno de hojas, y miró entre las raíces salidas del árbol. La campesina se movió nerviosamente, y la respiración de la reina se agitó un poco.

Y un par de segundos después, el gruñido se convirtió en un pequeño llantito de felicidad, y Roberto se incorporó lentamente, dando la vuelta y mostrando a la campesina, y a la reina, que entre los brazos no llevaba otra cosa más que un pequeño cachorro de Husky.

-Hola, Rex –dijo Roberto al animalito, mientras acariciaba su cabeza.
-Si no quieres que nos descubran –dijo la campesina, un tanto menos alarmada-, calla a ese animal, sube al caballo, y vámonos de aquí.

Roberto así lo hizo, con una enorme sonrisa dibujada en el rostro. Sabía que a la princesa Amelié le daría mucho gusto ver que su cachorro favorito seguía sano y salvo.

La campesina era quien dirigía el camino, llevando ella su caballo por delante del que iba Roberto, aún abrazando al cachorro. La reina parecía no sentirse muy cómoda al cabalgar por detrás de la señora, pero no decía nada, ya que estaba muy cansada. El camino había zigzagueado un par de veces: un poco en dirección norte, luego al oeste, más tarde al sur, y de nuevo al norte… Parecían no tener un punto fijo, lo cual animaba a Roberto: sería muy difícil seguirles la pista.

Se acercaron un poco al un pequeño lago y después de desayunar rápidamente, llenaron las cantimploras con agua cristalina, y siguieron cabalgando hasta que llegó el medio día. Tal como la campesina dijo, se apearon, amarraron a los caballos, se escondieron entre ramas de los árboles que ellos mismos arrancaron, y durmieron toda la tarde.

Cuando la campesina los despertó, estaba anocheciendo. Entre ella y Roberto se dispusieron a romper las ramas en trozos más pequeños, y a desperdigarlas por todo el lugar, para dar la ilusión de que el follaje se había caído por sí mismo. Cuando consideraron que el lugar estaba bien disimulado, y daba la impresión de jamás haber sido descubierto por algún humano, volvieron a subir a los caballos, y reemprendieron el viaje, esta vez, con dirección al sur.

Y así, el viaje siguió de este modo, durante una semana más. Al cabo de 7 días después, la campesina (que poco a poco se iba acercando a sus terrenos) dirigió a los caballos hacia su cabaña. Llegaron alrededor de medio día, y mientras la pequeña Amelié guardaba los caballos en el granero (con Rex brincando y ladrando entorno suyo), dejándolos comer un poco de paja. La campesina tuvo que llevar en brazos a la señora, mientras que Roberto arrastraba el saco café, ya vacío. Los tres, se encontraban agotados.

Amelié corrió así a la cocina, a prepararles algo de comer. El desayuno fue modesto, ya que la niña tenía miedo de quemarse con el pequeño fuego que comúnmente ardía en la cocina, por lo que la campesina, Roberto y la señora tuvieron que contentarse con un poco de leche algo vieja (pero no mala) y un poco de pan duro, untado con mantequilla aguada. Pero a ellos no les importó, se encontraban tan cansados que no le encontraron sabor a la comida, y apenas terminaron, se durmieron inmediatamente.



Habían pasado unos cuantos años desde que la campesina y Roberto habían salvado a la reina, y la habían llevado a la pequeña granja. Y el paso del tiempo sí que había cambiado bastantes cosas. Para empezar, la reina había abandonado (en cierto modo) su egocentrismo, y había dejado de ser un poco altanera y mandona: al menos con la campesina. Y todo se había debido a una plática que había tenido con Roberto, apenas un día después de que llegaron a la seguridad de la cabaña.

-Tiene que entenderlo –le había dicho a Roberto, mientras él y la reina platicaban en un lugar donde no podían ser escuchados-. La princesa Amelié y yo llegamos aquí por casualidad. Conocimos a Marie (que así se llamaba la campesina) y accedió a ayudarnos a rescatarla, su alteza. Pero no podemos decirle a Marie quien es en realidad usted, y tampoco sobre la princesa Amelié. Piense en lo peligroso que podría ser eso.
-No comprendo el punto al que quieres llegar –dijo la reina, con altanería.
-Lo único que sabemos de Marie, es que está en contra de los caballeros negros que atacaron el reino, pero no podemos saber si ella piensa igual a las personas que mandaron a esos caballeros. Es decir, ¿cómo podemos estar seguros de que ella nos entregará a las personas que ocasionaron todo esto? Y aunque fuera así y Marie fuera el enemigo, ¿podríamos sobrevivir sin ella? Nos proveerá de comida, agua, ropas y un lugar para dormir seguros por las noches. Ella es la que decide qué pasará con nuestras vidas, y dependemos de ella, completamente.

La reina se mordió el labio. Comprendía a la perfección lo que estaba pasando. Aún así, Roberto continuó.

-Lo único que podemos hacer por el momento, es confiar a ciegas en ella. Es seguir aquí, viviendo bajo su techo, y bajo sus órdenes. Sé que el rey le ordenó que corriera al reino vecino, pero estamos en medio de la nada, y a no ser que encontremos un modo de llegar a él, seguiremos aquí atrapados fingiendo no ser más que unos simples sobrevivientes de una desgracia, esperando…

Amelié había sido un poco más comprensiva que su madre, y había entendido las palabras de Roberto, acerca del anonimato que debían de llevar, a la primera. Ahora, Amelié era una linda chica que acababa de cumplir los 20 años, tenía el cabello negro largo, comúnmente suelto, era un poco alta, pero no mucho, y su cuerpo había adoptado una silueta casi perfecta. Amelié disfrutaba de largas caminatas cerca de la orilla del río, acompañada de un enorme perro al cual llamaba cariñosamente Rex. También le encantaba ayudar a Marie en las tareas de la casa, sobre todo en la cocina. Roberto, por su parte, se había convertido en un muchacho muy alto, bastante bronceado por el sol, con una musculatura respetable, debido a los largos tiempos en que se dedicaba a cuidar el campo. Podía pasar las tardes enteras arando el campo con ayuda de los caballos, o cuidando a las vacas mientras pastaban, o recogiendo el trigo, el arroz y el maíz para llevarlos a la cabaña… La campesina se dedicaba a supervisar el trabajo de los jóvenes, y la reina… ella decía que sufría de grandes ataques reumáticos y acostumbraba pasar las tardes acostada en su cama, o afuera en el pórtico, dándose un poco de aire con un abanico.

Esa tarde, en particular, la señora (como la llamaban los jóvenes y Marie) se encontraba supervisando a Amelié, quien se encontraba colgando la ropa recién lavada. La señora se mantenía con los ojos cerrados, dejando que la leve brisa de la primavera la refrescara. Amelié tarareaba lentamente una canción, y a lo lejos, se escuchaba a las vacas rumeando, mientras Roberto las cuidaba de que no se escaparan.

Amelié terminó de colgar la ropa limpia, y llevó el canasto vacío de vuelta a la parte de atrás de la cabaña, y lo puso junto a la puerta que llevaba a la cocina. Se estiró y miró al campo, donde podía ver la lejana silueta de Roberto, quien seguía junto a las vacas pintas. Sonrió para sí misma, y entró a la cabaña, donde encontró a Marie, cuidando de la sopa que comerían esa noche.

-¿Necesitas ayuda? –preguntó la joven. Marie volteó a verla.
-No –respondió-. La sopa solo necesita calentarse un poco más, y estará lista.
-Parece ser que he llegado un poco tarde –dijo Amelié un tanto triste-. En ese caso… ¿no hay problema en que vaya a caminar un poco a la orilla del río? –preguntó esperanzada. Marie sonrió.
-Claro que no, pero vuelve pronto. La comida estará lista dentro de muy poco.



Amelié se encontraba con los pies sumergidos dentro de la fría agua del río, mientras los movía para hacer un poco de espuma. Rex, por su parte, se encontraba brincando haciendo más chapoteadero de agua, mientras intentaba atrapar una mariposa. Amelié se reía, mientras la suave brisa revolvía su largo cabello negro. Un par de minutos después, escuchó a su estómago emitir un ligero ruidito a causa del hambre, y consideró que la sopa seguramente ya estaría lista, por lo que sacó los pies del agua, y se pudo de pie.

Le esperaba una caminata de alrededor de 15 minutos, por lo que tendría ya mucha hambre al llegar a la cabaña. Estaba por decirle al perro que la siguiera, cuando el animal se puso muy rígido de repente, y empezó a gruñir hacia algo que se encontraba al otro lado del río.

-¿Rex? –preguntó Amelié, pero el perro siguió gruñendo, sin desviar la mirada. Amelié se acercó un poco al animal, y miró en dirección hacia donde el perro no retiraba la vista. Entonces vio como los arbustos del otro lado del río se movían.

De entre ellos, surgió un enorme caballo blanco, con un jinete elegantemente vestido sobre su lomo, el cual tenía el arco en sus manos, y además, tensionado. Amelié ahogó un gritito, gritó “Rex” con todas sus fuerzas, dio media vuelta y salió corriendo, mientras el caballo hacía lo mismo. Rex ladró estruendosamente, dio un gran brinco y se prendió del pecho del caballo, el cual se paró en sus patas traseras, haciendo que el jinete perdiera el equilibrio, y cayó hacia atrás, disparando la flecha que su arco había mantenido tensa hasta hacía un par de segundos. La flecha atravesó el borde del vestido de Amelié, dejándolo clavado en la tierra, impidiendo a Amelié huír.

Nadie vió el conejo blanco que salió corriendo lejos de ahí, y que prontamente se escondió en el bosque.

Forward To Past: Chapter 4

Capítulo 4: Rihna

            Los asuntos pendientes le habían llevado algo más del tiempo previsto, por lo que Rihna se encontraba ahora caminando sola entre las oscuras calles de la ciudad de Tokyo, con dirección a su casa, en busca de su “hermano”.
            No, ella y Shizuku nunca habían sido hermanos. Desde que los padres del pobre chico murieron, y él se quedo sin guardianes protectores, el Consejo la había designado a ella como el guardián sustituto, y tenían una única regla: estaba terminantemente prohibido el uso de los poderes de Shizuku, como heredero del agua.
            Rihna regresaba a casa, el lugar donde había tenido que vivir durante los últimos 10 años. Pero no contaba con que esa noche, resultara ser algo diferente.

            -Shizuku…
Lo había sentido. Sentía como si el poder del agua se encontrara exactamente a su lado. Sabía que Shizuku había usado sus poderes del agua, pese a la prohibición, pero no solo eso. También había podido sentir los poderes de la heredera del fuego. Y de repente…
Un rayo de luz morado surgió de un punto de la ciudad, el iluminó toda la noche. Rihna se puso inmediatamente a la defensiva, y brincó al tejado más cercano para poder observar la situación. A lo que parecía ser una distancia de aproximadamente 4 kilómetros, surgía ese extraño resplandor morado, que le indicaba que las cosas andaban mal.
-Shizuku, Honoe… -susurró mientras se ponía en marcha-. Tengo que llegar a tiempo…
Pero no llego.

Escondida detrás de uno de los tejados de la mansión de la familia de Honoe, pudo verlo todo:
Aquel chico alto y delgado invocando los poderes de la oscuridad, y frente a él, la campana de luz que mantenía prisioneros a…
-Mizu, Kaji… -susurró Rihna, mientras los veía desvanecerse junto con la luz, y ahora, en aquel oscuro lugar, solo podían distinguirse las sombras de aquel joven, y las dos pequeñas niñas que habían vuelto a recuperar su forma, una vez que la luz se disolvió.
-Deja de esconderte, podemos verte a la perfección –le dijo el joven a Rihna.
La chica se sobresaltó un poco, pero recuperó su compostura, y bajó brincando de techo en techo, hasta llegar al suelo. Ahora que estaba delante del chico, pudo distinguir de quién se trataba.
-Tsu… ¿Tsumi? –preguntó débilmente mientras se acercaba lentamente a él.
-Al parecer, esta chica lo conoce, Joven amo –dijeron Tora y Buru al tiempo.
-Parece ser que mi padre tenía razón, el Consejo sabe de nuestra existencia.
-¿Qué has hecho con Shizuku y Honoe?
-¿Te refieres a Mizu y Kaji? Solo he hecho lo que mi padre me ha ordenado.
-¿A donde los has mandado?
-Eso es algo que me parece que no debo decirte a ti. Tora, Buru, debemos irnos.
-¡Espera! –dijo Rihna, al tiempo que se adelantaba para detenerlo, y lo tomaba del brazo.
            -Quite sus sucias manos del amo, señorita –dijeron Tora y Buru mientras se acercaban a ella.
            -No pueden obligarme…
            -Tora, Boru… -les dijo Tsumi, y las dos chicas se sonrieron.
            -Como usted desee, Joven amo –y miraron a Rihna, de nuevo con esa sonrisa tenebrosa-. Dulces sueños, señorita.
Y cada una de ellas colocó una de sus manos en uno de los ojos de Rihna, con lo que la chica sintió como perdía sus fuerzas, y solo un par de segundos después, sus piernas le fallaron dejándola caer al piso, y perdió el conocimiento.



            Siempre que entraba al Consejo, tenía la sensación de que entraba a un hospital. Los monjes con sus capas blancas le recordaban a los doctores y sus batas, las paredes blancas y el aroma excesivo a limpio la ponían nerviosa. Antes de abrir los ojos, ya sabía dónde estaba. Se giró un poco en la cama, fingiendo que aún dormía ya que estaba segura de que al despertar tendría problemas, pero…
            -El Sacerdote Supremo ya sabe que estás despierta. A él no le puedes ocultar nada, Rihna. Debes darte prisa, que están esperando leer tu memoria.
            Rihna abrió los ojos lentamente. La habitación se encontraba completamente vacía, y en ese momento, la puerta se cerraba sola. Sintiéndose algo avergonzada, se apuró a bajar de la cama, ponerse los zapatos, y salir de la habitación.
            Conocía el Consejo como la palma de su mano. Había vivido en él desde que había nacido, y cuando tuvo que mudarse para cuidar al heredero del agua, visitaba el lugar cada mes para llevar los reportes acerca del comportamiento y vida de Shizuku. Igual que cada mes, se dirigió a la oficina del Sacerdote Supremo, y después de tocar tres veces la puerta, y escuchar el tan acostumbrado y calmado “adelante”, Rihna entró a la oficina. Pero esta vez, había un cambio.
            El Sacerdote Supremo no estaba solo. Se encontraba con él una chica muy parecida a Rihna, pero que al mismo tiempo tenía cierto parecido con un fantasma, debido a su pálida tez y el vaporoso vestido blanco que llevaba. Tenía un aire de fragilidad, como si al menor paso pudiera romperse en trozos, y daba la impresión de que flotaba unos centímetros por encima del suelo.
            Por el otro lado de la habitación, se encontraban dos personas más. Un par de gemelos, niño y niña, que parecían estar ya alrededor de los 20 años. Tenían el cabello rubio dorado, y los ojos azules, y se sujetaban de la mano de manera silenciosa, con una sonrisa algo tenebrosa.
            -Vaya Rihna, que suerte tenemos de que hayas despertado tan rápido –dijo el Sacerdote Supremo, mientras se levantaba de su asiento, e invitaba a Rihna a que fuera ella la que se sentara-. Esta noche, hemos podido sentir dos presencias que se supone que no deben de hacer acto de presencia todavía. También, hemos sentido un poder maligno surgir cerca de ellos, y solo unos segundos después, ya no sentimos nada. Tu protegido uso sus poderes, no solo él, también la heredera de fuego, pese a la terminante oposición del Consejo…
            -Señor, no es culpa mía, se lo juro-. Suplicó Rihna-. Aceptaré mi castigo como la falta que cometí, aunque debo de decirle que el accidente, ha ocurrido fuera de mi alcance. Yo también pude sentirlo, Señor, y por más que traté de llegar a tiempo, yo…
            -No es necesario que des explicaciones Rihna. Sabemos que el Consejo te entretuvo con unos trámites… algo complicados.
            -He oído que al parecer, quiere leer mis memorias.
            -Así es, Rihna. Queremos saber que les ha ocurrido a nuestros dos herederos. Kioku, por favor…
            -Si no tienes ningún inconveniente, voy a empezar –la chica que parecía un fantasma, Kioku, se acercó a Rihna, y colocó su mano sobre su frente.
Rihna y Kioku cerraron los ojos. Después de solo unos segundos, Kioku volvió a abrirlos, y miró de manera aterrada al Sacerdote Supremo.
            -Es terrible –le dijo mientras se alejaba de Rihna, y esta abría los ojos, y todas las miradas se posaban sobre el Sacerdote Supremo-. Tsumi ha dividido las dimensiones.
            -En ese caso, todo va según lo planeado –los gemelos hablaron por primera vez, y se sonrieron entre sí ya que ahora eran en el centro de atención-. Los clones han hecho contacto.



            El Sacerdote Supremo había podido sentirlo. No era necesario que viera a los herederos poner sus habilidades en práctica, dado que la presencia del agua y del fuego era algo que se podía sentir en el ambiente. Y esa noche, lo había sentido con muchísima claridad. Pero, tal y como él lo había sentido, Kurayami lo había sentido también.
            Ahora que el heredero del agua y la heredera del fuego eran un punto fácil para Kurayami, al Sacerdote Supremo no le quedaba de otra más que esperar que Rihna hiciera algo, pero su hija había llegado demasiado tarde. Confiando en las habilidades de su otra hija, Kioku, mando traer el cuerpo inconsciente de Rihna, y esperar que Kioku pudiera extraer información valiosa de su memoria.
            Y ahí estaba su invocadora de memorias, Kioku, diciéndole que la realidad se había partido en tres, y que los herederos nacidos no existían más en este mundo.
            -Aquellas dos niñas que Rihna vio –le explicaba Kioku al Sacerdote Supremo-, son energía creada por Kurayami, con forma humana. Ellas fueron el círculo de invocación que mandó a nuestros herederos a dos dimensiones alternas.
            -¿Y Tsumi que hacía ahí?         
            -Antes de partir, Tsumi aplicó un conjuro sobre los herederos: Tsumi les ha sellado la memoria, y los ha hecho partir a estas dimensiones sin posesión de ningún recuerdo de lo que ocurra, hasta que despierten en estas dimensiones. El conjuro será eliminado cuando Kurayami decida que es momento de que regresen a este mundo.
            -¿Y cuándo será eso?
            -Cuando Kaze despierte.
            -Pero Kaze no existe…
            -Quizá no ahora, pero sí en un futuro.
            -Debemos de regresarles la memoria. Tú podrías…
            -Se equivoca –interrumpieron los gemelos-. Nosotros también hemos hecho nuestra movida.
            -¿A qué se refieren? –dijo el Sacerdote Supremo, y los miró fijamente.
            -Kurayami cree que los ha mandado a las dimensiones que el diseñó para los herederos, pero nosotros se lo hemos impedido –le explicó la rubia chica-. Tal como Madre Naturaleza nos ha indicado, cada uno de los herederos fue mandado a una dimensión distinta, creada específicamente para hacer crecer sus poderes de heredero, y ser lo suficientemente fuertes para cuando el momento llegue…
            -¿El momento?
            -Sacerdote Supremo, esta vez no se trata de sacrificarse y morir –le dijo el rubio chico-. Esta vez, los herederos tendrán que luchar. Esas dimensiones se crearon con ese propósito. Será mejor que los herederos vivan ahí hasta que el momento llegue, pensando que esa es toda su realidad, de lo único que deben preocuparse ahora, es de estar a la altura de Kaze, cuando despierte. No se preocupe, no están solos. ¿No es así, abuela?
            -Así es, abuelo.
            Y se sonrieron el uno al otro, mientras reían en silencio.



            La mano de Kurayami había dejado su silueta grabada en la mejilla de Tsumi. Era una gran mancha roja, que le provocaba al pobre chico un ardor, y lo hacía lagrimear, mientras aguantaba las ganas de gemir, acurrucado en un rincón.
            Su padre por su parte, no podía dejar de dar vueltas a la habitación, y al estar su hijo demasiado lejos como para atestarle otro golpe, se desquitó con lo primero que encontró: el espejo.
            El puño de Kurayami se encontraba bañado en sangre, igual que los trozos de vidrio que habían caído al suelo. Kurayami se envolvió la mano en la túnica, y mientras se acercaba a la puerta, le dijo a su hijo “limpia eso” y salió.
            Tsumi se levantó a duras penas. Las piernas le temblaban, pero tenía que hacer lo que su padre le ordenaba, porque si no, tendría que pagar las consecuencias con otro golpe, quizá aún más mortífero.

            Kurayami, por su parte, caminaba por los pasillos de la mansión, en dirección a sus aposentos. Mientras caminaba, la sangre que había quedado sobre su mano, era absorbida por la herida, y esta se había vuelto a cerrar, dejando ningún rastro de lo que había pasado hacía apenas un par de minutos con el espejo.
            Pero, ¿cómo era posible? Su plan no tenía fallo alguno. Tsumi le había dicho que el sellado de las memorias había salido a la perfección, y Tora y Buru habían transportado a los herederos a otras dimensiones, pero… ¿Por qué no eran las dimensiones que él había previsto?
            Cegado por el coraje, volvió a estrellar el puño en una de las ventanas, y mientras seguía avanzando, la herida volvió a sanarse.

17 de marzo de 2011

Lazy Afternoon (Missing you)

There was a time when blossoms bloomed
When you and I watched the stars
Hold hand by hand in silent peace
You saw my eyes, and dropped a tear

There was a time when you smiled me
When all the hugs where special as
All the kisses that flown to me

Even when those times had flown away
I’m still remembering the smell
Of little lilacs that you gave me
I’m letting go? Not, not at all…

There was a time when graceful clouds
Made figure of our happiness
When a small gift with no value
Meant everything to me and you

There was a time when you loved me
And so did I loved you as well
Those far away times of my life
That won’t come back, never again

Even when you don’t remember me
My face, my heart, so as my name
Even when you’re now with someone else
I’ll keep waiting, yes forever…

20 de febrero de 2011

The Blue Prince

“…La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar. La Sirenita también subió a bordo con ellos. Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.
Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Más cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!
-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?
-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.
La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas. Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez…”

“…A las orillas del lago, las jóvenes-cisne esperan tristemente la llegada de Odette. La cisne reina llega llorando desesperada, contándole a sus amigas los tristes acontecimientos de la fiesta en el castillo. Es en ese momento en que aparece el príncipe Sigfrido, y le implora su perdón, ya que él no sabía que acababa de declararle amor eterno a la gemela malvada de Odette, Odile. También reaparece Rothbart, el malvado hechizero,  reclamando el regreso de los cisnes. Sigfrido y Odette luchan contra él, pero todo es en vano, pues el maleficio no puede ser deshecho. Es ahí, cuando Odett ve su final, y se lanza al lago. La reina cisne, al ver que había perdido al amor de su vida, decide quitarse la suya, liberando así a los otros cisnes del maleficio. Es así como se ve aparecer el espíritu de Odette, ya finalmente liberado del maleficio, y siendo finalmente feliz para siempre…”

Se pueden encontrar otra cantidad de cuentos infantiles, que o no tienen nada de infantiles, o simplemente no tienen finales felices. Si Disney hubiera mantenido estas historias sin alterarlas, primeramente, las niñas que no se desmayaran o vomitaran a causa de lo descrito en los cuentos, sabrían que el "príncipe azul" no existe.

Inclusive en estas  historias que llevan miles de años contándose por todo el mundo, podemos darnos cuenta de que la actitud humana no ha variado mucho. La "princesa" sigue siendo tonta y demasiado blanda y buena, mientras que el "príncipe" sigue siendo idiota y vividor, por lo que alguna "doncella" se agandalla de esto, y se queda con el príncipe para sí misma.

Si esto lo transportamos a algo más actual, podemos sustituirlo por "la novia", "el novio", y la "puta". Y no se les ocurra mentir diciendo que en alguna relación (de ustedes, o de algún conocido) no se ha inmiscuido una puta, una zorra, una cualquiera. Porque saben que es cierto.

Ahora, si bien hay casos en que tú no te das cuenta de que la 3ra (o el 3ro) en discordia está ahí, no significa que no exista. Más aún, si te toca enfrentarl@ y superarl@, salvando así tu relación, ¿qué te asegura de que estés un paso más cerca de tu "y vivieron felices para siempre"? Nada.

Y eso solo hablando de cuando la culpa la tiene el susodicho 3ro en discordia. Y eso que no he empezado a decirte cuando el problema surge en la pareja en sí. ¿Qué pasa cuando la culpa la tiene él? ¿Cuando la tiene ella? ¿Cuando la tienes tú? ¿Cuando la tengo yo?

Es muy fácil bloquearse y echarle la culpa a los demás. Y lo es porque también es muy fácil meter la pata. Y es aún más curioso cuando la culpa se encuentra en las dos partes del asunto, y ninguno quiere dar su brazo a torcer. ¿Porque, qué pasa cuando tú decides reconocer tus errores y pedir perdón por tus acciones? Pues que la otra parte se agandalla y te embarra con las suyas también. Y ahora, cuando tú tenías tan solo el 50% de la culpa, ahora cargas con el 100%.

Pero supongo que no tengo porque decirlo, es una verdad universal. El que muestra debilidad, pierde. La supervivencia del más fuerte. Sí, hasta en el amor puede uno encontrar eso.

Y es así como en esta época, el amor es lo menos valorado. Y no los culpo, ya que yo estoy en la misma situación. Ya no es ajeno escuchar a las personas decir que no creen en el amor, porque quizá, tú también estés pensando lo mismo.

¿Cómo te defiendes cuando te engañan, cuando te cambian por alguien más, cuando te hacen daño físico, o psicológico, cuando no dejan de exponerte tus defectos, y siguen esperando que tú estés ahí dando tu apoyo sin condición, sin esperarse a pedir el perdón, y más que nada, a recibirlo, cuando la herida que no ha sanado ya está siendo picada de nuevo, y no solo eso, sino que una nueva se va formando?

En estos tiempos, suficiente se tiene con la presión de la escuela, del trabajo, de la casa, como para soportar presiones provenientes de la pareja. Pero es que cuando se está "tan bien" aquellos momentos en que se está mal, ¡qué importan! ¿Verdad? Si, pero lo que tú no ves, es que aquellos momentos en que se está mal, no deberían de existir siquiera.

Y no digo de que no deba haber peleas entre las parejas, es algo normal, sólo digo que debemos enfocarnos en qué clase de peleas son, y por donde va el asunto. No es lo mismo una leve discusión por que uno de los dos no quiere salir a algún lado, que una pelea que dure varios días porque uno de los dos ha herido el orgullo del otro. ¿Entiendes ya por donde va la diferencia?

Desde tiempos inmemoriables, la única defensa que tenemos para no arruinar las relaciones (y no hablo solo de los noviazgos o del matrimonio) es la comunicación, y el entender a la otra persona. Sólo podemos confiar en nuestras palabras, en lo que decimos, en lo que callamos, en cómo lo decimos y porqué lo hacemos. Si no hablamos con franqueza, directamente y con el corazón, la otra persona podrá maquinar en su cabeza todas aquellas lagunas que se dejaron sin decir, ¿por qué? Porque es un mecanismo de defensa, que si bien nos lastima más que la verdad (ya que la imaginación se adelanta y formula lo peor) encontramos sentido a todo aquello que está pasando.

Es decir, ocurre algo, y tú enseguida piensas lo peor porque es lo más fácil de ver, y después, cuando aquella herida que no terminó de sanar (porque no se terminó de hablar hasta que las dos partes estuvieron satisfechas) todo aquello que imaginaste se presenta en palabras atropelladas, que solo sirven para herir.

Debemos de tener cuidado con lo que decimos, y con lo que callamos. Debemos aprender a llegar al corazón de los problemas, de tener el valor de hablar, y la paciencia de escuchar. De no cerrarnos ante opiniones ajenas, pero aún así, defender las nuestras. Y más que nada, no quedarse con rencores pasados, que después volverán con mayor intensidad.

Aprender que en las discusiones y los temas delicados "NO se ríe, y mucho menos se bromea". No sabes cómo puede estar afectando el tema a la otra persona, y bromear al respecto sólo te hará ver como un insensible. Es como si dijeras que el tema te tiene sin cuidado, y que a ti no te interesa resolver nada.

Pero ya estoy hablando de algo personal, y por ahí no va la cosa. Sólo pretendo utilizar mis experiencias personales, para que alguien decida tomar el consejo, y no cometa los mismos errores que yo. Y si bien, deciden hacer caso omiso de mis palabras, entonces me volveré de aquel grupito que te dice sin tentarse el corazón:

"Te lo dije."