Era un poco depresivo el abrir los ojos y darse cuenta de la realidad que se cernía sobre él. Esa realidad que lo acosaba de la misma manera en que un buitre asecha a su presa agonizante. La música estaba tan fuera de lugar. Parecía sacada de alguna sosa sala de espera, como la de un consultorio médico. ¿Pero qué podía hacer él? El darse cuenta de que nada dependía de su mano le provocaba la depresión en un nuevo nivel, a cada paso que daba. Después de todo, ¿qué camino se suponía que estaba siguiendo? ¿O es que acaso estaba trazando un sendero nuevo? Las lágrimas que caían silenciosamente no le permitían ver más allá de tres palmos, por delante de su nariz. La canción había cambiado; ahora podía escucharse algo mas “orquestado”. Un poco más acorde a los sentimientos y pensamientos que inundaban su mente. Aunque eso no hacía más que aumentar su dolor. ¿Cuál era el pago por desaparecer? Así como desaparecían esos acordes de violín y se fundían con los mágicos sonidos que emanaban del piano. ¿Era eso un sueño? Sonaba tan fantasioso… Quizá se tratase solo de un sueño. El sueño de alguien más. Hubiera dado su vida entera por saberse parte de la imaginación de un ser superior. Pero quizás, y solamente quizás, ya lo era.
6 de enero de 2011
The Pick Up
El viaje en el avión había sido aburrido y preocupante al mismo tiempo. Christine y su secretaria se encontraban a bordo del jet privado de la compañía Talasha & Co, terminando de recoger el equipaje de mano. Cuando la secretaria hubo cargado con las dos pequeñas maletas, Christine se encaminó a la salida, mientras la tripulación del jet se despedía de ella con una reverencia.
Abajo, en la pista, se encontraba su investigador privado, Robert "algo", apoyado en un Rolls Royce negro. Sonrió al ver a Christine, quién se detuvo y forzó en su rostro una sonrisa. Robert rió por lo bajo, mientras Christine abría la puerta y se subía al asiento del copiloto. Robert se apuró a darle la vuelta al vehículo, mientras la secretaria subia en los asientos de atrás, y las aeromozas cerraban la cajuela, que ahora contenía las dos simples maletas de mano. Robert se colocó detrás del volante, encendió el Rolls Royce, y salió del aeropuerto, rumbo a la ciudad de New York.
-¿Y se puede saber por qué decidiste contratarme ahora como tu chofér? -preguntó Robert, mientras el Rolls Royce recorría la 5ta avenida.
-Tenía ganas de mantenerte cerca.
-¿Me extrañaste? -la secretaria rió por lo bajo.
-Si serás idiota -y Christine miró por la ventana-. Te necesito cerca para llevar a cabo otras investigaciones.
-Ah, ya me había emocionado.
-Cállate y conduce.
Después de media hora, aproximadamente, se encontraban afuera del hotel donde Rosallie se hospedaba. Robert y la secretaria esperaron en el auto, Christine bajó del Rolls Royce, y se dirigió dentro del edificio. Subió al 3er piso, torció a la derecha, casi llegando al fondo del pasillo, y se detuvo delante de la puerta con el número 32. Tocó un par de veces, y antes de esperar respuesta, abrió la puerta.
-¿Tía Christine? -Rosallie se encontraba sentada en el borde de la cama, sosteniendo un par de bolsas Prada.
-Oh, siento haber olvidado decirte que iba a venir -Christine fingía un tono de sorpresa, que hizo que Rosallie abriera un poco más la boca, dejando las bolsas sobre la cama-. ¿Y que hacías antes de que entrara? ¿Pensabas ir a algún lado? -Christine apuntó a las bolsas con un movimiento de cabeza.
-No, es decir, si. Iba a empeñar estas dos. Supongo que ya están algo anticuadas -dijo tratando de restarle importancia al asunto.
-Me imagino que nuevamente tienes problemas económicos. ¿Y en cuanto pensabas empeñarlas?
-No lo se, la mitad de su valor, supongo. Entre las dos puedo sacar 800 dólares.
-Recoge tus cosas, te espero en el recibidor. Tienes 15 minutos.
-¿Me llevarás a empeñar?
-Algo mejor que eso. Date prisa, tu tiempo empieza a correr -y Christine salió de la habitación.
15 minutos después, Christine subía nuevamente al Rolls Royce, mientras Rosallie subía a la parte posterior del auto con las bolsas aún en mano, Robert subía la maleta a la cajuela, y luego se ponía tras el volante nuevamente.
-Dime, Katie -Christine se dirigió a su secretaria-. ¿Cuántos años llevas trabajando para mí?
-El próximo mes ya serán 15 años, señora.
-Perfecto. Rosallie, dale las bolsas a Katie, toma.
Christine le dio a Rosallie 800 dólares, mientras la asombrada secretaria tomaba los bolsos Prada, y Robert dirigía el Rolls Royce de nuevo a la 5ta Avenida.
-
Abajo, en la pista, se encontraba su investigador privado, Robert "algo", apoyado en un Rolls Royce negro. Sonrió al ver a Christine, quién se detuvo y forzó en su rostro una sonrisa. Robert rió por lo bajo, mientras Christine abría la puerta y se subía al asiento del copiloto. Robert se apuró a darle la vuelta al vehículo, mientras la secretaria subia en los asientos de atrás, y las aeromozas cerraban la cajuela, que ahora contenía las dos simples maletas de mano. Robert se colocó detrás del volante, encendió el Rolls Royce, y salió del aeropuerto, rumbo a la ciudad de New York.
-¿Y se puede saber por qué decidiste contratarme ahora como tu chofér? -preguntó Robert, mientras el Rolls Royce recorría la 5ta avenida.
-Tenía ganas de mantenerte cerca.
-¿Me extrañaste? -la secretaria rió por lo bajo.
-Si serás idiota -y Christine miró por la ventana-. Te necesito cerca para llevar a cabo otras investigaciones.
-Ah, ya me había emocionado.
-Cállate y conduce.
Después de media hora, aproximadamente, se encontraban afuera del hotel donde Rosallie se hospedaba. Robert y la secretaria esperaron en el auto, Christine bajó del Rolls Royce, y se dirigió dentro del edificio. Subió al 3er piso, torció a la derecha, casi llegando al fondo del pasillo, y se detuvo delante de la puerta con el número 32. Tocó un par de veces, y antes de esperar respuesta, abrió la puerta.
-¿Tía Christine? -Rosallie se encontraba sentada en el borde de la cama, sosteniendo un par de bolsas Prada.
-Oh, siento haber olvidado decirte que iba a venir -Christine fingía un tono de sorpresa, que hizo que Rosallie abriera un poco más la boca, dejando las bolsas sobre la cama-. ¿Y que hacías antes de que entrara? ¿Pensabas ir a algún lado? -Christine apuntó a las bolsas con un movimiento de cabeza.
-No, es decir, si. Iba a empeñar estas dos. Supongo que ya están algo anticuadas -dijo tratando de restarle importancia al asunto.
-Me imagino que nuevamente tienes problemas económicos. ¿Y en cuanto pensabas empeñarlas?
-No lo se, la mitad de su valor, supongo. Entre las dos puedo sacar 800 dólares.
-Recoge tus cosas, te espero en el recibidor. Tienes 15 minutos.
-¿Me llevarás a empeñar?
-Algo mejor que eso. Date prisa, tu tiempo empieza a correr -y Christine salió de la habitación.
15 minutos después, Christine subía nuevamente al Rolls Royce, mientras Rosallie subía a la parte posterior del auto con las bolsas aún en mano, Robert subía la maleta a la cajuela, y luego se ponía tras el volante nuevamente.
-Dime, Katie -Christine se dirigió a su secretaria-. ¿Cuántos años llevas trabajando para mí?
-El próximo mes ya serán 15 años, señora.
-Perfecto. Rosallie, dale las bolsas a Katie, toma.
Christine le dio a Rosallie 800 dólares, mientras la asombrada secretaria tomaba los bolsos Prada, y Robert dirigía el Rolls Royce de nuevo a la 5ta Avenida.
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The Unexpected Visit
Mientras se vestía, lo más rápidamente que podía, seguía viendo delante de ella aquella frase que estaba escrita en el papel. "Comprometido con Mía Roché". Rosallie seguía repitiendo esas cuatro palabras en su mente. Mía Roché. ¿Quién era Mía Roché?
Terminó de vestirse, y mientras tomaba el bolso Chanel, se metió el pequeño trozo de papel que contenía la dirección de Leopold Hudson, y salió a la calle, a buscar un taxi que la llevara. Media hora después, se encontraba en una bonita casa victoriana, ubicada en el centro de la ciudad. No muy grande, no muy pequeña, dejó a Rosallie con la idea de que la casa había sido escogida por la futura mujer.
Dió un leve suspiro, pagó al taxista, y se bajó del vehículo. Delante de la casa, de pie en la acera, suspiró de nuevo. ¿Y ahora qué? ¿Debia simplemente tocar a la puerta y pedir hablar con Hudson, arriesgándose a encontrarse a la mujer, o a que el caballero inglés se negara a a recibirla? O quizá Leopold ni siquiera estaba en la casa, seguiría en la oficina, y podría pescarlo antes de entrar.
Pero cada idea que se le ocurría, se volvía a su propio criterio, tonta, infantil y desesperada. Suspiró una tercera vez, y se sentó en el primer escalón de la entrada de la pintoresca casa. Apoyó su cara en sus manos, y miró al piso. Se había gastado los ahorros y ahora no sabía que hacer.
-¿Se encuentra bien, señorita? -preguntó la voz de un hombre. Rosallie levantó la mirada. Entonces, el señor retrocedió rápidamente, mientras ella se ponía de pie con un brinco-. ¿Qué... qué estás haciendo aquí? ¿Cómo me encontraste?
-Leopold... -susurró Rosallie, mientras Hudson retrocedía nuevamente.
-¿Qué haces aquí? -repitió él, asustado.
-Vine a buscarte. No puedo creer que me hayas abandonado así. Tengo que hablar contigo.
-No puedes estar aquí, ¿que sería de mí si mi prometida nos ve?
-Eso debiste pensar antes de acostarte conmigo.
-Shhh -susurró Hudson, mientras le tapaba la boca-. No podemos hablar de eso aquí afuera. Tanto quieres hablar, vamos a mi estudio.
Y sin atreverse a tomarla de la mano (le daba miedo siquiera rozarla) la precedió dentro de la casa.
-Querido, has llegado -se escuchó la cálida voz de una mujer. Hudson se quedó quieto en el recibidor, mientras aparecía a medio pasillo, su futura esposa. Una mujer pequeña, delgada, de largo cabello negro, con los ojos del mismo color, que contrastaban en una piel pálida. Rosallie no pasó por alto los lentes que llevaba puestos, y pensó (con malicia) que semejante "intento" de mujer, no podría arrebatarle al hombre que amaba.
-Amor -dijo Hudson, tratando de parecer calmado-, siento mucho traer el trabajo a la casa, pero quería llegar rápido para probar esa lasaña; es por eso que esta jovencita me acompaña. Te prometo que no tardaré mucho, amor.
La futura esposa, Mía, sonrió tanto a Leopold, como a Rosallie, y regresó a la cocina. Hudson entonces recorrió el pasillo, y torciendo a la derecha, subió las escaleras que los llevaron a él y a Rosallie al segundo piso. Un par de segundos después, se encontraban a puerta cerrada dentro del estudio del caballero inglés.
-¿Entonces qué es lo que quieres? ¿Vienes a sobornarme con contarle a mi prometida sobre nuestro encuentro casual? ¿Cuánto dinero crees que puedes robarme?
-No vengo a hacer eso -se defendió Rosallie, mientras veía como Leopold recorría el lugar, a grandes zancadas-. Vengo a decirte que te amo.
-¿Y eso qué?
-¿Cómo que "y eso qué? Recorrí todo el país para buscarte, lloré por tu ausencia, gasté todos los ahorros de mi vida para volver a encontrarme contigo...
-Pues lamento escuchar eso. Estaba seguro de que sabías que aquello fue solo una aventura de una sola noche. No se en qué estaba pensando cuando decidí arriesgarme así, pero tienes que saber que yo a Mía la amo, y no la dejaré por nada ni por nadie. Y eso te incluye a ti. Así que te recomiendo que vayas y regreses a tu vida antes de mí, porque yo seguiré con la mía antes de ti. Y el asunto está zanjado.
-Pero...
-Dije que eso es todo.
Tomó a Rosallie del brazo, y la levantó de la silla donde la chica se había sentado. Salieron del estudio, bajaron las escaleras, y la llevó a la puerta de la casa.
-Ahora, si me disculpas, tengo una prometida que me espera, y un plato de lasaña caliente en la mesa que pide que lo coma.
-No entiendo que le pudiste ver a ella -susurró Rosallie con desprecio-. Es chaparra y demasiado flaca. No tiene cuerpo, no parece... "mujer".
-¿Ah, si? Pues es la "mujer" que me ha estado apoyando desde hace 10 años, aquella que, a diferencia de ti, supo ganarme con amor, apoyo, comprensión y afecto, a diferencia de ti que solo sabes usar minifaldas y escotes. Ella es mi secretaria.
Y cerró la puerta con un estrépito, que dejó a Rosallie más en shock de lo que ya estaba.
No sabía como le haría, ni sabía cuando sería, pero volvería a aquella casa. Se dijo a sí misma que haría entrar a Leopold en razón, y que aquella "secretaria" seguiría siendo simplemente la secretaria durante toda su vida.
Sabía que Leopold era el amor de su vida, y aunque sonara un poco interesado, sabía también que era uno de esos peces gordos, y que no podía dejarlo escapar.
Sonrió lentamente, una sonrisa fría y calculadora. La sonrisa que se dibuja cuando surge en la mente un plan malévolo. Contuvo una leve risita, y se dio la vuelta. Bajó el par de escalones, y caminó a la esquina, donde tomó un taxi, para ir de regreso al hotel donde se hospedaba.
Mientras el taxista conducía rumbo al hotel, el teléfono de Rosallie sonó, indicando que tenía un mensaje nuevo. Sacó el celular, y miró la pantalla: el mensaje era procedente de su tía Christine.
"No vayas a cometer ninguna estupidez. Voy para allá. Llego en la noche."
Cerró el celular, y volvió a sonreír. No necesitaba que su tía le diera consejos, ella sabía perfectamente que tenía que hacer, y estupidez o no, era el mejor plan que tenía.
29 de diciembre de 2010
La Mademoiselle Et Le Prince: Chapitre 4
Chapitre 4
La campesina los hizo pasar dentro de la pequeña casa, les dio un calientito desayuno, y prometió que les haría ropas nuevas, puesto que las que traían estaban muy sucias y gastadas. Los pequeños dijeron que sí a todo. Se comieron el desayuno en silencio, tomaron la leche recién ordeñada y trataron de no hacer gestos extraños, ya que no estaban acostumbrados a su sabor. Después de que el desayuno terminó, se movieron a la pequeña sala, y sentados en el piso, procedieron a dibujar un mapa de los alrededores.
-Estoy segura de que no se quedarán dos noches en el mismo sitio. Al parecer llevan dirección al norte, las pisadas de sus caballos los delatan, así como los restos que van dejando de sus alimentos y de las fogatas –explicaba la campesina, a los dos niños-. Yo digo que han de haber avanzado unos 10 kilómetros, a partir de ayer. Así que debemos movernos rápido.
Y dicho esto, se puso de pie de un brinco, tomó un saco café que se encontraba en una silla cercana, y salió de la casa. Los dos niños la siguieron. Cuando estuvieron afuera, la vieron subir al caballo, sosteniendo el saco con una mano, y la otra extendiéndola hacia los niños.
-Sólo puedo llevar a uno de ustedes, y prefiero que sea el varón.
-Me llamo Roberto –dijo mientras extendía su mano, y con ayuda, subía al caballo-. Ella es Amelié.
-¿Y por qué tengo que quedarme yo? –preguntó la princesa.
-Porque es muy peligroso para una niña tan pequeña como tú.
-Mañana cumplo 12 años –se defendió ella.
-Perfecto, si volvemos con vida, te hornearé un pastel.
La campesina le dio un golpe al caballo en el estómago, con lo que el animal relinchó, y se alejó galopando a toda velocidad.
El caballo corrió durante todo el día. Apenas y descansó un par de minutos, un par de veces. Poco después de medio día, llegaron a donde el campamento de los caballeros de armadura dorada se había colocado la noche anterior, de donde la campesina se había robado el caballo. Pudieron ver cerca de ahí, una tumba improvisada, para el caballero que la campesina había degollado, prácticamente.
Se detuvieron un momento ahí, buscando en dirección norte, el rastro que indicara hacia dónde habían marchado exactamente. No fue difícil encontrarlo, a un descuidado se le había caído el cuchillo pocos metros más adelante, en dirección norte-oeste. La campesina y Roberto subieron al caballo, y siguieron el camino.
Había anochecido hacía ya un par de horas. El caballo ahora solo caminaba, lentamente, mientras la campesina y Roberto contenían la respiración. Sabían que estaban cerca. Siguieron así, despacio y en silencio, lo que les pareció horas. De pronto, escucharon voces: risas y cantos. Detuvieron al caballo, y la campesina se apeó. Se acomodó la falda del vestido, y se internó en la oscuridad, en dirección al escándalo.
Regresó después de unos minutos.
-Ahí están todos –dijo-. Parece ser que tienen fiesta, por lo que he podido escuchar, les queda un día más de camino para llegar a su destino, y como ya tienen a la prisionera asegurada, parece ser que ya no tienen tanta prisa como antes.
-Entonces sólo tenemos esta noche como oportunidad, ¿no es así? –preguntó Roberto en voz baja, mientras bajaba del caballo.
-Así es. Pero, lo que no me explico, es por qué es tan importante esa prisionera –Roberto se puso pálido, pero la oscuridad que los envolvía hizo que la campesina no notara nada.
-¿Vamos a hacer algo parecido a lo que hiciste tú cuando robaste el caballo? –dijo cambiando de tema.
-Ah, sí, algo así. Es solo que aquella vez, escogí al caballero que estaba más alejado, esta vez, la prisionera podría asustarse de nosotros, y si hace ruido, despertará a todos y se darán cuenta de lo que está pasando.
-Pero dices que están de fiesta, pudiera ser que terminen tan borrachos que no noten nada.
-Esa es otra posibilidad, pero no debemos confiarnos. Ellos pueden matarnos sin dudarlo, es lo único que saben hacer: matar y cobrar.
Se quedaron dando vueltas alrededor del campamento. Las risas, los cantos y los gritos parecían no acabar nunca, y sin embargo, un par de horas después de la media noche, las voces fueron menos fuertes y los cantos habían cesado. Después de una angustiosa espera, el silencio casi total, se hizo presente.
Mientras la campesina amarraba al caballo en la rama de un árbol cercano, Roberto se introdujo en el campamento. La reina se encontraba prisionera en una especie de jaula para animales salvajes. Se encontraba dormida, recostada en los barrotes. Roberto introdujo una mano en la jaula, y la movió lentamente.
-Señora, señora… -dijo en susurros, mientras la zarandeaba despacio. La reina abrió lentamente los ojos. Parpadeó un par de veces, y entonces, entre la oscuridad, pudo ver a aquella pequeña figura que le hablaba-. Por favor, señora, no vaya a gritar –Roberto sacó la mano de la jaula lentamente, para que la reina se diera cuenta de que no planeaba hacerle daño.
-¿Quién eres? –preguntó ella en un susurro.
-Soy Roberto, el hijo de la cocinera –la reina estaba por formular otra pregunta, pero Roberto hizo un simple “shh” y ambos se quedaron callados.
Entonces, otra sombra se acercó detrás de Roberto, y sujetó su hombro firmemente. La campesina había llegado, y le tendía las llaves de la jaula.
-¿Cómo es que…?
-No pienso volver a matar –dijo la campesina-, así que más te vale que te des prisa, y lo hagas en silencio.
Roberto asintió, conteniendo el aliento, y procedió a abrir la jaula. Unos segundos después, la reina se incorporaba lentamente, y tras un movimiento de cabeza de la campesina, los 3 procedieron a alejarse del campamento.
-Eso ha ido más fácil de lo que jamás hubiera pensado –Roberto corría junto al caballo, mientras la campesina y la reina montaban en el animal, y se alejaban del lugar, aun envueltos en la oscuridad.
-Lo mismo digo yo, por tanto, no debemos confiarnos –la campesina dirigía al caballo en dirección al oeste, lo más rápido que podía. Se habían robado otro caballo, en el cual iban Roberto y el saco café.
-¿Y se puede saber porque no vamos en dirección a la cabaña?
-Porque cuando esos caballeros de armadura negra despierten, se pondrán a rastrear para recuperar a la señora acá presente –y apuntó a la reina con un ligero movimiento de cabeza.
-¿Entonces vamos a despistarlos?
-Así es, nos tomará un par de días regresar a la cabaña, es por eso que he traído alimento, y agua –apuntó al saco café que Roberto llevaba detrás de él-. El problema está en que no sabemos por dónde empezarán a buscar, ni cuánto tiempo dedicarán a la búsqueda, no sé qué tan importante sea esta señora –la reina estaba por decir algo, cuando Roberto interrumpió.
-Lo mejor será seguir cabalgando hasta que amanezca, y deberíamos de descansar durante el día.
-Yo opinaría lo mismo, niño, pero necesitamos poner la mayor distancia posible. Seguiremos cabalgando hasta medio día, entonces descansaremos, y cuando caiga la noche, volveremos a movernos.
Y así, el resto del viaje siguió en silencio.
23 de diciembre de 2010
La Mademoiselle Et Le Prince: Chapitre 3
Chapitre 3
Refuge de nuit
La tensión se sentía en el ambiente. Amelié tenía miedo de respirar demasiado alto por miedo a que los descubrieran, y la reina, por su parte, permanecía con los ojos cerrados, como si esperara que al abrirlos, todo fuera una pesadilla y se encontrara a sí misma acostada en su cama con dosel, con el ventanal abierto de par en par.
Y sin embargo, los ruidos del bosque, junto con los cascos de los caballos, y el ruido del látigo, indicaban que todo era real. Se escuchó un lobo aullar a lo lejos. La princesa y la reina se abrazaron.
-Oh, no seas llorona –dijo la reina cuando finalmente se soltó. Amelié sollozó débilmente. Se escuchó una rama romperse a lo lejos. La princesa se sujetó del brazo de su madre-. Que te quites, te dije.
Se escuchó entonces un par de cascos de caballos. El paje detuvo la carroza. Algo andaba mal.
-¿Qué hace? –preguntó la reina al ver que se detenían en medio de la oscuridad-. Le he preguntado que qué está haciendo.
-Reina, ¿escucha eso? Parece ser que estamos rodeados.
La reina se puso de pie, lentamente. Súbitamente se había petrificado. Pudo escuchar las ramas que se partían bajo el peso de los caballos, y las voces de aquellos caballeros de armadura negra, que se camuflaban perfectamente entre aquella agobiante oscuridad.
-Señora… -susurró el paje-, señora, usted y la niña tienen que correr… Ahora.
Todo sucedió demasiado rápido. Una flecha atravesó el aire, rozando la cabeza de la reina, y clavando la corona en un árbol cercano. Los gritos de los caballeros resonaron por todo el lugar, mientras Roberto salía del portaequipaje, tomaba la cesta de alimentos con una mano, y el brazo de la princesa con la otra, y la jalaba bajo la carreta. La reina gritó al sentir rozar una flecha su brazo. El grito de Roberto se perdió entre el relinchar de los caballos, los cuales empezaron a correr en todas direcciones. La reina gritó nuevamente, Roberto salió de debajo de la carreta, y la jaló para ponerla a salvo, pero la reina se soltó de su agarre, y corrió sin dirección alguna.
-¡Van a matar a mi madre! –gritó Amelié, entre todo el alboroto.
-No podemos hacer nada, al menos tú tienes que salvarte –y Roberto sujetó a la princesa con mayor fuerza, corriendo en dirección contraria.
En ese momento se escucharon golpes de espada, y el paje y los sirvientes del palacio se bajaron a pelear contra los extraños caballeros de armadura negra. Aún así, aquellos eran demasiados, y los sirvientes fueron prontamente derrotados, cayendo en el piso haciendo crujir las hojas secas.
Roberto y Amelié se habían escondido entre las raíces de un árbol cercano. Desde dónde se encontraban, podían observar todo lo que ocurría, sin ser vistos. Fueron capaces de ver a la reina internarse en el bosque, a los sirvientes perder el conocimiento mientras se desangraban, y a los caballeros subir a sus caballos, e internarse en el bosque tras la reina.
-¿Qué pasará con mi mamá? –la voz de Amelié era simplemente un susurro, a pesar de que hacía ya un par de horas que el bosque se encontraba en calma.
-No lo sé… -fue la respuesta de Roberto. Tomó la mano de la princesa (los dos aún temblaban) y salieron lentamente de entre las raíces.
-¿Y qué pasará con nosotros?
-Dentro de poco amanecerá. Debemos de buscar un árbol que esté hueco, para que podamos escondernos en él. Quizá debamos buscar 2, y dormir cada uno en su propio árbol. Debemos viajar sólo de noche.
-¿Y a dónde se supone que vamos?
-A donde nadie nos encuentre.
-¿Y… y mi mamá?
-Cuando estés a salvo, volveré a buscarla pero… No prometo nada.
Aún tomados de la mano, caminaron durante un par de horas más. El sol estaba empezando a salir cuando encontraron un par de árboles huecos, donde entraron hechos bolita, y se acurrucaron para dormir un poco. Roberto durmió más amontonado, ya que el cuidaba la cesta de provisiones. Durmieron un par de horas. Aún así, no se animaron a salir de sus escondites hasta que el sol se puso y se hizo de noche. Fue entonces cuando comieron un poco, y empezaron a caminar.
Alrededor de la media noche, encontraron un río. Tomaron un poco de agua fría, y se lavaron la cara, para no dormir y poder seguir caminando. Decidieron que lo mejor era seguir el río, así que empezaron a caminar junto con él. El camino era pedregoso y aterrador. No se animaban a hablar entre ellos, por miedo a ser descubiertos. Así viajaron durante 2 noches, hasta que el 3er día, encontraron una granja abandonada, y entraron al granero. Dentro no había nada más que paja. Escondieron la cesta de comida (la cual ya casi estaba vacía) y se acurrucaron cada uno en un montón de paja. Y así durmieron esa noche.
A la mañana siguiente, Amelié despertó al sentir una extraña respiración entre su cabello. Roberto despertó por causa del grito que la princesa dio. Así, los dos se encontraron siendo observados por un par de vacas pintas. Roberto se apuró a alejar a la princesa de aquellos animales, antes de que le comieran el cabello, pensando que era paja. Entonces se escuchó un grito “¿Quién anda ahí?” y por la entrada, la luz del sol desapareció al quedar obstruida por la enorme persona que los miraba. Una campesina que llevaba sujeto un caballo negro.
Las miradas de los chicos y de la señora se cruzaron. Los ni{os gritaron (con lo que asustaron a las vacas) y mientras buscaban a tientas la cesta de provisiones, intentaban buscar alguna otra salida.
-¿Pero qué les pasa? –preguntó la campesina, mientras amarraba al caballo y lo dejaba comer paja a su gusto-. ¿Por qué gritan así?
-Usted… ¡Usted quiere matarnos! –gritó Roberto.
-¿Qué yo qué?
-¡Sí! Usted quiere matarnos –la mano de Roberto, temblorosa, apuntaba al caballo negro que se limitaba a comer paja.
-¿Y por qué apuntas al caballo si yo estoy acá? –la campesina se movió al otro lado del granero, tomó un sombrero plano, y caminó fuera. Extrañamente, los chicos la siguieron.
-Usted forma parte de esa orden de caballeros negros que quiso matar… -pero Roberto se quedó callado. Algo había visto en la cara de la campesina, que le indicaba que ella no sabía nada de nada. Así que, ¿por qué revelar quienes eran ellos en realidad?
-Mira mocoso, si yo quisiera matar a un par de niños porque durmieron en mi paja fresca, estaría yo loca. Hace años que no recibo visitas tan agradables. Si, es cierto, hace 2 noches llegaron esos caballeros negros que dices tú. Mataron a mi vaca más grande y robusta. La que me proveía de más leche. Es difícil vivir sola, ¿sabes? Así que, sí, los seguí y cuando armaron una revuelta y atraparon a aquella señora, esperé a que durmieran, y pues… No me enorgullece decirlo, pero degollé a uno de ellos, y robé su caballo. Y ahora tengo un caballo nuevo que puede arar el campo, y aún tengo dos vacas que pueden dar suficiente leche. Nadie se mete en mi territorio sin que yo lo sepa…
-¡Espere! –gritó Amelié, y miró a Roberto, con lágrimas en los ojos-. ¿Escuchaste eso? Una prisionera…
-Disculpenos señora –dijo Roberto en voz un poco baja, debido a que había agachado la cabeza-. Necesitamos su ayuda. Aquellos caballeros han saqueado nuestro pueblo, han quemado todo y matado a muchos. Sólo quedamos nosotros y, aquella prisionera.
-¿Y aquella prisionera que pinta aquí?
-Es mi madre –dijo Amelié.
-Por favor, ayúdenos a salvarla.
-No lo sé –dijo la campesina, mientras entraba a la casita de madera. Los niños la siguieron-. No me gusta meterme en problemas, pero siguen en mi territorio, y son asesinos…
-Por favor –Amelié tenía silenciosas lágrimas cayendo por sus mejillas.
-De acuerdo, los ayudaré.
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