The Gringotts

Entra, desconocido, pero ten cuidado

con lo que le espera al pecado de la codicia,

porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

deberán pagar en cambio mucho más,

así que si buscas por debajo de nuestro suelo

un tesoro que nunca fue tuyo,

ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

de encontrar aquí algo más que un tesoro...


13 de enero de 2011

Forward To Past: Chapter 1

Forward To Past

Capítulo 1: Tokyo

La luz del sol entraba débilmente por la ventana de la habitación. El ruido del despertador era lo único que rompía el silencio. Una mano se deslizó por debajo de las cobijas, y lo tomó, llevándolo a las oscuridades de debajo de la cama. El despertador se apagó, y ya no se escuchó nada más.
Los minutos pasaban en silencio. La luz cada vez entraba más fuerte, y de repente, se escuchó un golpeteo en la puerta, seguido por un gruñido que provenía de debajo de las cobijas. En ese momento, la puerta de la habitación se abrió, y una muchacha alta, de figura estilizada, con un largo cabello negro y unos hermosos ojos cafés, entró a la habitación. Sin hacer ningún ruido, se acercó a la cama, y mientras jalaba bruscamente las cobijas, dejó caer sobre la cara del dormido, una jarra con agua helada.
-¡¿Qué demonios?! – Se escuchó el grito del muchacho, el cual despertó dando un brinco. Shizuku miró a su hermana Rihna-. ¡¿Qué es lo que te pasa?!
-A mí, nada – Respondió Rihna tranquilamente, y empezó a caminar hacia la puerta-. Pero al parecer no te has dado cuenta de que ya es muy tarde; no llegarás a la primera clase – Y salió de la habitación dejando a Shizuku acomodando el despertador en su lugar.

Parecía ser que las palabras de su hermana habían sido proféticas, ya que por más que Shizuku se esforzó, no pudo estar a tiempo para que su hermana lo llevara a la escuela, de camino a su trabajo. Shizuku era un chico alto, delgado y con la tez blanca. Tenía el cabello negro, y sus ojos eran del mismo color. Mientras caminaba por la calle, zigzagueaba un poco, a causa del sueño que aun tenía. No era algo nuevo que a Shizuku se le hiciera tarde para ir a la escuela, al contrario, era algo muy común en él, por lo que el enfado de las mañanas con su hermana, debido a la jarra de agua helada, era cosa de todos los días.


Los ojos de Shizuku no dejaban de dirigirse hacia las ventanas de su salón, que se encontraba en el tercer piso del edificio principal de la escuela preparatoria Moso. Había entrado en ella hacía ya tres años, y era uno de los lugares en los que más le gustaba estar, pese a que trataba de mantener eso en secreto. No, lo que le gustaba no eran los estudios, tampoco los profesores, o las instalaciones de la escuela, no. Lo que le gustaba de la preparatoria Moso, desde el primer día que había puesto un pie en ella, tenía el nombre de...
-¡Buenos días! – Lo saludó una dulce voz a sus espaldas.
-Honoe... – Susurró Shizuku. Se dio la vuelta lentamente, mientras su corazón latía velozmente, y observó cuidadosamente a la frágil criatura que ahora se encontraba frente a él.
Honoe era una chica algo bajita, de largo y lacio cabello pelirrojo, con unos ojos negros como la noche. Su piel era blanca, y su sonrisa de un blanco brillante.
Buenos días – Dijo Shizuku, tratando de sonar calmado, y entonces se dio cuenta de algo-. Uh... ¿Honoe? ¿Por qué has llegado tarde? Eso es normal en mí, pero en ti...
Mientras Shizuku hablaba, Honoe se talló un ojo, y trató de reprimir un bostezo. Honoe sonrió lentamente. Ahora que Shizuku la miraba fijamente, Honoe se veía muy cansada.
-Estuve despierta casi hasta la una de la mañana haciendo los trajes de la obra del salón. Recuerda que ya es en una semana, y aun me falta terminar algunos disfraces más.
-Yo podría ayudarte si quieres... – Susurró Shizuku, mientras Honoe ponía una cara de sorpresa-. Sonará extraño, pero soy muy bueno cosiendo...
-¿De verdad? – El rostro de Honoe se iluminó, y la chica sonrió de manera alegre.
-Claro. Le he estado ayudando a mi hermana con todas las cosas de la casa desde que tengo memoria, ya que solo nos tenemos a nosotros mismos. No es por presumir, pero puedo hacer muchas cosas... – Shizuku se cortó a media frase, ya que Honoe había caminado hacia él, y le había tomado de las manos. La chica lo miraba directamente a los ojos, fijamente, casi sin parpadear.
-Te lo agradezco mucho, serías de gran ayuda...
-En ese caso, iré a tu casa esta noche, veremos que podemos adelantar…

El timbre que anunciaba el final de la primera clase había sonado, y de repente, los dos regresaron a la realidad que se encontraba a su alrededor. Honoe soltó las manos de Shizuku, y los dos miraron hacia otro lado que no fueran a los ojos del otro, visiblemente avergonzados.
Llevaban algo de tiempo de conocerse, desde el día en que había entrado a la preparatoria, y a pesar de que se habían hablado en muy pocas ocasiones, Shizuku sentía que la conocía de toda la vida... Era una sensación muy extraña, algo curioso.
-¿Te parece si vamos al salón? No sería bueno perdernos también la 2da clase – Dijo Honoe, y al escuchar la respuesta afirmativa de él, los dos empezaron a caminar juntos.
¿Por qué el corazón de Honoe latía tan rápidamente? ¿Qué tenía Shizuku que la hacía sentirse que flotaba en una nube? Cerca de él, ella se sentía tranquila, y confiaba en el más que en nadie más, pese a que apenas eran conocidos. Pero había algo en el... Sentía, como si ya lo hubiera conocido antes, como si hubieran estado juntos en otra vida.
Unos cuántos pájaros, posados en un árbol cercano, alzaron el vuelo, y se alejaron volando hacia el horizonte, dejando a los dos muchachos solos caminando en silencio hacia el salón. Aun que ninguno de los dos dijera nada, sabían que pensaba el otro: ese día de clases tenía que terminar rápido para que pudieran ir a casa de Honoe, a terminar los disfraces de la obra.



Había terminado ya de lavar los platos de la cena, y mientras la voz de su hermana Rihna se escuchaba en sus pensamientos, aún reprendiéndolo para que no se le ocurriera llegar tarde, Shizuku caminaba por la calle iluminada, en camino hacia la casa de su adorada Honoe.
            Mientras daba la vuelta a la esquina, se entretuvo girando el agua en sus dedos. Desde que tenía memoria, había sido capaz de controlar el agua a su antojo. Podía obtener agua del interior de su cuerpo, estuviera donde estuviera, y manejarla a su conveniencia. Recordaba las palabras de su hermana, uno de los pocos recuerdos de la muerte de sus padres, cuando tenía 8 años…

            Mamá y papá estaban muy orgullosos de lo que puedes hacer, Shizuku. Para ellos era muy divertido cuando hacías espectáculos de agua para toda la familia, pero… No debes de hacerlo más, Shizuku. Personas malas perseguían a papá y a mamá, y el poder ver que hacías eso con el agua, les dio la oportunidad de encontrarlos. Si no quieres que algo malo nos pase a ti o a mí, no vuelvas a jugar con el agua, Shizuku…

            Pero, si nadie lo veía, entonces todo estaba bien. Shizuku caminaba por una calle oscura, por lo que no importaba si había alguien delante de él, no podrían ver los remolinos de agua que se formaban alrededor de su mano derecha. “Todo está bien, hermana Rihna” dijo Shizuku, mientras seguía caminando hacia su destino.

            Honoe se encontraba sola en casa. Había sacado del armario los disfraces que le faltaban por arreglar, y los había colocado todos en la mesa de la sala, junto a la nota de sus padres que decía que llegarían algo tarde porque iban a ver a unos clientes.
            La familia de Honoe tenía un importante emporio en las ventas de tecnología, a nivel internacional. La casa de Honoe literalmente era un palacio: era verdad que eran una de las familias más ricas de todo Japón, pero para Honoe, eso no tenía la más mínima importancia. Lo único que ella quería, era tener amigos de su edad, por lo que había descartado completamente la opción de sus padres de entrar a un internado privado para señoritas, y había escogido la opción de la preparatoria Moso.
            Caminaba por los pasillos para tomar la máquina de coser y algunos hilos que acababa de comprar, cuando…
            -¡Oh! Al parecer, la luz se ha ido, que extraño…
            Pero la gente normal hubiera considerado más extraño lo que pasó después.
            De las manos de Honoe, habían surgido pequeñas llamas. Había fuego creciendo de las puntas de sus dedos, iluminando la estancia. Sosteniendo el fuego en una de sus manos, se apuró a salir de la casa para revisar que había pasado con la luz.



            -Solo existen dos en este mundo. No se ha confirmado la existencia de ningún otro.
            -¿Cuáles son?
            -El agua y el fuego, padre.
            -¿Y dónde se encuentran?
            -Ambos están en Tokyo.

            Kurayami se había levantado de su asiento, mientras su hijo Tsumi esperaba sus indicaciones. Kurayami se puso frente al espejo, observando su alta y robusta figura. Tenía en la mirada algo que inspiraba temor, y sus largos dedos la sensación de estrangulamiento. Tsumi, por el otro lado, parecía un cachorrito perdido, mientras miraba a su padre desde un rincón de la habitación. Al final, su padre habló:
            -Avisa a Tora y a Buru que ya pueden poner en marcha el plan.
            -¿Quiere que les dé la dirección?
            -No. Tú irás con ellos. Necesito que selles sus memorias.
            La mirada de Tsumi reflejaba sorpresa, pero se apresuró a cambiarla, y haciendo una reverencia, dijo “si, padre”, y se apuró a salir de ahí.

            Tora y Buru caminaban cogidas de la mano, mientras daban brincos de techo en techo, siguiendo a Tsumi. De repente, el chico se había detenido. Las dos chicas hicieron lo mismo, y miraron:
            Debajo de ellos tres, de espaldas a la oscura calle, en el interior de lo que parecía ser una mansión, podían oírse los pasos de alguien. No se podía ver nada, ya que aparentemente la luz se había ido en toda la colonia, pero podían sentir las vibraciones del…
            -Agua… -dijo Tora.
            -Fuego… -dijo Buru.
            Sin detenerse a pensar, Tora y Buru brincaron para bajar del tejado donde se encontraban. Habían caído frente a una chica bajita, de cabello pelirrojo, que manejaba algo que parecía ser una pequeña llama con la mano.
            -¿Quiénes son ustedes? –preguntó Honoe, deteniéndose de repente.
            -Es ella –dijo Tora a Tsumi, quien había bajado también para verla de cerca-. Es “Fuego”.
            -Kaji –susurró Tsumi-. Ahora solo nos hace falta Mizu.
            -Lo traeremos –dijo Buru, y con una velocidad indescriptible, tomó el antebrazo de Honoe, con lo que la pobre chica emitió un grito, como si se tratara de un atizador al rojo vivo, que rodeara su piel.

            -¡Honoe! –se escuchó el grito de alguien a la distancia. Del final de la calle, que se encontraba débilmente iluminada por las llamas que se surgían alrededor de la chica, Shizuku se acercaba corriendo, a ver de dónde provenía el grito, que correctamente había identificado como el de Honoe.
           Al llegar, vio a aquellas dos chicas inclinadas sobre el cuerpo de Honoe, quien había caído a causa del dolor. Y también, podía ver a aquel chico que se encontraba detrás de ellas.
            -¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren con Honoe?
            -Solo venimos a terminar unos asuntos pendientes.
            -¿Pendientes? ¿Con Honoe?
            -No, con los dos –sonrieron Tora y Buru.
            -Pero yo no los conozco a ustedes –se defendió Shizuku.         
            -Y Kaji tampoco nos conoce, Mizu –le dijo Tsumi en un susurro.
            -Creo que se confunden de personas. Verán: ella es Honoe, y yo soy Shizuku…
            -Pero no lo serán por mucho tiempo.
            -¿Qué…?

            Tora y Buru empujaron a Shizuku hacía donde Honoe se encontraba, por lo que la chica tuvo que apagar las llamas para no herir al pobre joven, y con esto, la calle quedó sumida en una total oscuridad… Pero no por mucho tiempo.
            Unos segundos después, debajo de ellos dos, había surgido un círculo de luz morado, con extraños símbolos y formas inscritos en el. Tsumi recitaba rápidamente una sarta de palabras raras para ellos dos, mientras que las gemelas, Tora y Buru, brillaban intensamente, y se transformaban en luz, que formó una especie de campana que terminó encerrando a Honoe y a Shizuku sin oportunidad de salir.
            -Espero, que tengan un lindo viaje… -se despidió Tsumi, y de repente, toda la luz se desvaneció, dejando a aquellos dos pobres chicos, en un viaje a través de la oscuridad.

6 de enero de 2011

The Superior Imagination

Era un poco depresivo el abrir los ojos y darse cuenta de la realidad que se cernía sobre él. Esa realidad que lo acosaba de la misma manera en que un buitre asecha a su presa agonizante. La música estaba tan fuera de lugar. Parecía sacada de alguna sosa sala de espera, como la de un consultorio médico. ¿Pero qué podía hacer él? El darse cuenta de que nada dependía de su mano le provocaba la depresión en un nuevo nivel, a cada paso que daba. Después de todo, ¿qué camino se suponía que estaba siguiendo? ¿O es que acaso estaba trazando un sendero nuevo? Las lágrimas que caían silenciosamente no le permitían ver más allá de tres palmos, por delante de su nariz. La canción había cambiado; ahora podía escucharse algo mas “orquestado”. Un poco más acorde a los sentimientos y pensamientos que inundaban su mente. Aunque eso no hacía más que aumentar su dolor. ¿Cuál era el pago por desaparecer? Así como desaparecían esos acordes de violín y se fundían con los mágicos sonidos que emanaban del piano. ¿Era eso un sueño? Sonaba tan fantasioso… Quizá se tratase solo de un sueño. El sueño de alguien más. Hubiera dado su vida entera por saberse parte de la imaginación de un ser superior. Pero quizás, y solamente quizás, ya lo era.

The Pick Up

El viaje en el avión había sido aburrido y preocupante al mismo tiempo. Christine y su secretaria se encontraban a bordo del jet privado de la compañía Talasha & Co, terminando de recoger el equipaje de mano. Cuando la secretaria hubo cargado con las dos pequeñas maletas, Christine se encaminó a la salida, mientras la tripulación del jet se despedía de ella con una reverencia.

Abajo, en la pista, se encontraba su investigador privado, Robert "algo", apoyado en un Rolls Royce negro. Sonrió al ver a Christine, quién se detuvo y forzó en su rostro una sonrisa. Robert rió por lo bajo, mientras Christine abría la puerta y se subía al asiento del copiloto. Robert se apuró a darle la vuelta al vehículo, mientras la secretaria subia en los asientos de atrás, y las aeromozas cerraban la cajuela, que ahora contenía las dos simples maletas de mano. Robert se colocó detrás del volante, encendió el Rolls Royce, y salió del aeropuerto, rumbo a la ciudad de New York.

-¿Y se puede saber por qué decidiste contratarme ahora como tu chofér? -preguntó Robert, mientras el Rolls Royce recorría la 5ta avenida.
-Tenía ganas de mantenerte cerca.
-¿Me extrañaste? -la secretaria rió por lo bajo.
-Si serás idiota -y Christine miró por la ventana-. Te necesito cerca para llevar a cabo otras investigaciones.
-Ah, ya me había emocionado.
-Cállate y conduce.

Después de media hora, aproximadamente, se encontraban afuera del hotel donde Rosallie se hospedaba. Robert y la secretaria esperaron en el auto, Christine bajó del Rolls Royce, y se dirigió dentro del edificio. Subió al 3er piso, torció a la derecha, casi llegando al fondo del pasillo, y se detuvo delante de la puerta con el número 32. Tocó un par de veces, y antes de esperar respuesta, abrió la puerta.

-¿Tía Christine? -Rosallie se encontraba sentada en el borde de la cama, sosteniendo un par de bolsas Prada.
-Oh, siento haber olvidado decirte que iba a venir -Christine fingía un tono de sorpresa, que hizo que Rosallie abriera un poco más la boca, dejando las bolsas sobre la cama-. ¿Y que hacías antes de que entrara? ¿Pensabas ir a algún lado? -Christine apuntó a las bolsas con un movimiento de cabeza.
-No, es decir, si. Iba a empeñar estas dos. Supongo que ya están algo anticuadas -dijo tratando de restarle importancia al asunto.
-Me imagino que nuevamente tienes problemas económicos. ¿Y en cuanto pensabas empeñarlas?
-No lo se, la mitad de su valor, supongo. Entre las dos puedo sacar 800 dólares.
-Recoge tus cosas, te espero en el recibidor. Tienes 15 minutos.
-¿Me llevarás a empeñar?
-Algo mejor que eso. Date prisa, tu tiempo empieza a correr -y Christine salió de la habitación.

15 minutos después, Christine subía nuevamente al Rolls Royce, mientras Rosallie subía a la parte posterior del auto con las bolsas aún en mano, Robert subía la maleta a la cajuela, y luego se ponía tras el volante nuevamente.

-Dime, Katie -Christine se dirigió a su secretaria-. ¿Cuántos años llevas trabajando para mí?
-El próximo mes ya serán 15 años, señora.
-Perfecto. Rosallie, dale las bolsas a Katie, toma.

Christine le dio a Rosallie 800 dólares, mientras la asombrada secretaria tomaba los bolsos Prada, y Robert dirigía el Rolls Royce de nuevo a la 5ta Avenida.

-

The Unexpected Visit

Mientras se vestía, lo más rápidamente que podía, seguía viendo delante de ella aquella frase que estaba escrita en el papel. "Comprometido con Mía Roché". Rosallie seguía repitiendo esas cuatro palabras en su mente. Mía Roché. ¿Quién era Mía Roché?

Terminó de vestirse, y mientras tomaba el bolso Chanel, se metió el pequeño trozo de papel que contenía la dirección de Leopold Hudson, y salió a la calle, a buscar un taxi que la llevara. Media hora después, se encontraba en una bonita casa victoriana, ubicada en el centro de la ciudad. No muy grande, no muy pequeña, dejó a Rosallie con la idea de que la casa había sido escogida por la futura mujer.

Dió un leve suspiro, pagó al taxista, y se bajó del vehículo. Delante de la casa, de pie en la acera, suspiró de nuevo. ¿Y ahora qué? ¿Debia simplemente tocar a la puerta y pedir hablar con Hudson, arriesgándose a encontrarse a la mujer, o a que el caballero inglés se negara a a recibirla? O quizá Leopold ni siquiera estaba en la casa, seguiría en la oficina, y podría pescarlo antes de entrar.

Pero cada idea que se le ocurría, se volvía a su propio criterio, tonta, infantil y desesperada. Suspiró una tercera vez, y se sentó en el primer escalón de la entrada de la pintoresca casa. Apoyó su cara en sus manos, y miró al piso. Se había gastado los ahorros y ahora no sabía que hacer.

-¿Se encuentra bien, señorita? -preguntó la voz de un hombre. Rosallie levantó la mirada. Entonces, el señor retrocedió rápidamente, mientras ella se ponía de pie con un brinco-. ¿Qué... qué estás haciendo aquí? ¿Cómo me encontraste?
-Leopold... -susurró Rosallie, mientras Hudson retrocedía nuevamente.
-¿Qué haces aquí? -repitió él, asustado.
-Vine a buscarte. No puedo creer que me hayas abandonado así. Tengo que hablar contigo.
-No puedes estar aquí, ¿que sería de mí si mi prometida nos ve?
-Eso debiste pensar antes de acostarte conmigo.
-Shhh -susurró Hudson, mientras le tapaba la boca-. No podemos hablar de eso aquí afuera. Tanto quieres hablar, vamos a mi estudio.

Y sin atreverse a tomarla de la mano (le daba miedo siquiera rozarla) la precedió dentro de la casa.

-Querido, has llegado -se escuchó la cálida voz de una mujer. Hudson se quedó quieto en el recibidor, mientras aparecía a medio pasillo, su futura esposa. Una mujer pequeña, delgada, de largo cabello negro, con los ojos del mismo color, que contrastaban en una piel pálida. Rosallie no pasó por alto los lentes que llevaba puestos, y pensó (con malicia) que semejante "intento" de mujer, no podría arrebatarle al hombre que amaba.
-Amor -dijo Hudson, tratando de parecer calmado-, siento mucho traer el trabajo a la casa, pero quería llegar rápido para probar esa lasaña; es por eso que esta jovencita me acompaña. Te prometo que no tardaré mucho, amor.

La futura esposa, Mía, sonrió tanto a Leopold, como a Rosallie, y regresó a la cocina. Hudson entonces recorrió el pasillo, y torciendo a la derecha, subió las escaleras que los llevaron a él y a Rosallie al segundo piso. Un par de segundos después, se encontraban a puerta cerrada dentro del estudio del caballero inglés.

-¿Entonces qué es lo que  quieres? ¿Vienes a sobornarme con contarle a mi prometida sobre nuestro encuentro casual? ¿Cuánto dinero crees que puedes robarme?
-No vengo a hacer eso -se defendió Rosallie, mientras veía como Leopold recorría el lugar, a grandes zancadas-. Vengo a decirte que te amo.
-¿Y eso qué?
-¿Cómo que "y eso qué? Recorrí todo el país para buscarte, lloré por tu ausencia, gasté todos los ahorros de mi vida para volver a encontrarme contigo...
-Pues lamento escuchar eso. Estaba seguro de que sabías que aquello fue solo una aventura de una sola noche. No se en qué estaba pensando cuando decidí arriesgarme así, pero tienes que saber que yo a Mía la amo, y no la dejaré por nada ni por nadie. Y eso te incluye a ti. Así que te recomiendo que vayas y regreses a tu vida antes de mí, porque yo seguiré con la mía antes de ti. Y el asunto está zanjado.
-Pero...
-Dije que eso es todo.

Tomó a Rosallie del brazo, y la levantó de la silla donde la chica se había sentado. Salieron del estudio, bajaron las escaleras, y la llevó a la puerta de la casa.

-Ahora, si me disculpas, tengo una prometida que me espera, y un plato de lasaña caliente en la mesa que pide que lo coma.
-No entiendo que le pudiste ver a ella -susurró Rosallie con desprecio-. Es chaparra y demasiado flaca. No tiene cuerpo, no parece... "mujer".
-¿Ah, si? Pues es la "mujer" que me ha estado apoyando desde hace 10 años, aquella que, a diferencia de ti, supo ganarme con amor, apoyo, comprensión y afecto, a diferencia de ti que solo sabes usar minifaldas y escotes. Ella es mi secretaria.

Y cerró la puerta con un estrépito, que dejó a Rosallie más en shock de lo que ya estaba.

No sabía como le haría, ni sabía cuando sería, pero volvería a aquella casa. Se dijo a sí misma que haría entrar a Leopold en razón, y que aquella "secretaria" seguiría siendo simplemente la secretaria durante toda su vida.

Sabía que Leopold era el amor de su vida, y aunque sonara un poco interesado, sabía también que era uno de esos peces gordos, y que no podía dejarlo escapar.

Sonrió lentamente, una sonrisa fría y calculadora. La sonrisa que se dibuja cuando surge en la mente un plan malévolo. Contuvo una leve risita, y se dio la vuelta. Bajó el par de escalones, y caminó a la esquina, donde tomó un taxi, para ir de regreso al hotel donde se hospedaba.

Mientras el taxista conducía rumbo al hotel, el teléfono de Rosallie sonó, indicando que tenía un mensaje nuevo. Sacó el celular, y miró la pantalla: el mensaje era procedente de su tía Christine.

"No vayas a cometer ninguna estupidez. Voy para allá. Llego en la noche."

Cerró el celular, y volvió a sonreír. No necesitaba que su tía le diera consejos, ella sabía perfectamente que tenía que hacer, y estupidez o no, era el mejor plan que tenía.


29 de diciembre de 2010

La Mademoiselle Et Le Prince: Chapitre 4

Chapitre  4
 Le Sauvetage

La campesina los hizo pasar dentro de la pequeña casa, les dio un calientito desayuno, y prometió que les haría ropas nuevas, puesto que las que traían estaban muy sucias y gastadas. Los pequeños dijeron que sí a todo. Se comieron el desayuno en silencio, tomaron la leche recién ordeñada y trataron de no hacer gestos extraños, ya que no estaban acostumbrados a su sabor. Después de que el desayuno terminó, se movieron a la pequeña sala, y sentados en el piso, procedieron a dibujar un mapa de los alrededores.

-Estoy segura de que no se quedarán dos noches en el mismo sitio. Al parecer llevan dirección al norte, las pisadas de sus caballos los delatan, así como los restos que van dejando de sus alimentos y de las fogatas –explicaba la campesina, a los dos niños-. Yo digo que han de haber avanzado unos 10 kilómetros, a partir de ayer. Así que debemos movernos rápido.

Y dicho esto, se puso de pie de un brinco, tomó un saco café que se encontraba en una silla cercana, y salió de la casa. Los dos niños la siguieron. Cuando estuvieron afuera, la vieron subir al caballo, sosteniendo el saco con una mano, y la otra extendiéndola hacia los niños.

-Sólo puedo llevar a uno de ustedes, y prefiero que sea el varón.
-Me llamo Roberto –dijo mientras extendía su mano, y con ayuda, subía al caballo-. Ella es Amelié.
-¿Y por qué tengo que quedarme yo? –preguntó la princesa.
-Porque es muy peligroso para una niña tan pequeña como tú.
-Mañana cumplo 12 años –se defendió ella.
-Perfecto, si volvemos con vida, te hornearé un pastel.

La campesina le dio un golpe al caballo en el estómago, con lo que el animal relinchó, y se alejó galopando a toda velocidad.

El caballo corrió durante todo el día. Apenas y descansó un par de minutos, un par de veces. Poco después de medio día, llegaron a donde el campamento de los caballeros de armadura dorada se había colocado la noche anterior, de donde la campesina se había robado el caballo. Pudieron ver cerca de ahí, una tumba improvisada, para el caballero que la campesina había degollado, prácticamente.

Se detuvieron un momento ahí, buscando en dirección norte, el rastro que indicara hacia dónde habían marchado exactamente. No fue difícil encontrarlo, a un descuidado se le había caído el cuchillo pocos metros más adelante, en dirección norte-oeste. La campesina y Roberto subieron al caballo, y siguieron el camino.

Había anochecido hacía ya un par de horas. El caballo ahora solo caminaba, lentamente, mientras la campesina y Roberto contenían la respiración. Sabían que estaban cerca. Siguieron así, despacio y en silencio, lo que les pareció horas. De pronto, escucharon voces: risas y cantos. Detuvieron al caballo, y la campesina se apeó. Se acomodó la falda del vestido, y se internó en la oscuridad, en dirección al escándalo.

Regresó después de unos minutos.

-Ahí están todos –dijo-. Parece ser que tienen fiesta, por lo que he podido escuchar, les queda un día más de camino para llegar a su destino, y como ya tienen a la prisionera asegurada, parece ser que ya no tienen tanta prisa como antes.
-Entonces sólo tenemos esta noche como oportunidad, ¿no es así? –preguntó Roberto en voz baja, mientras bajaba del caballo.
-Así es. Pero, lo que no me explico, es por qué es tan importante esa prisionera –Roberto se puso pálido, pero la oscuridad que los envolvía hizo que la campesina no notara nada.
-¿Vamos a hacer algo parecido a lo que hiciste tú cuando robaste el caballo? –dijo cambiando de tema.
-Ah, sí, algo así. Es solo que aquella vez, escogí al caballero que estaba más alejado, esta vez, la prisionera podría asustarse de nosotros, y si hace ruido, despertará a todos y se darán cuenta de lo que está pasando.
-Pero dices que están de fiesta, pudiera ser que terminen tan borrachos que no noten nada.
-Esa es otra posibilidad, pero no debemos confiarnos. Ellos pueden matarnos sin dudarlo, es lo único que saben hacer: matar y cobrar.

Se quedaron dando vueltas alrededor del campamento. Las risas, los cantos y los gritos parecían no acabar nunca, y sin embargo, un par de horas después de la media noche, las voces fueron menos fuertes y los cantos habían cesado. Después de una angustiosa espera, el silencio casi total, se hizo presente.

Mientras la campesina amarraba al caballo en la rama de un árbol cercano, Roberto se introdujo en el campamento. La reina se encontraba prisionera en una especie de jaula para animales salvajes. Se encontraba dormida, recostada en los barrotes. Roberto introdujo una mano en la jaula, y la movió lentamente.

-Señora, señora… -dijo en susurros, mientras la zarandeaba despacio. La reina abrió lentamente los ojos. Parpadeó un par de veces, y entonces, entre la oscuridad, pudo ver a aquella pequeña figura que le hablaba-. Por favor, señora, no vaya a gritar –Roberto sacó la mano de la jaula lentamente, para que la reina se diera cuenta de que no planeaba hacerle daño.
-¿Quién eres? –preguntó ella en un susurro.
-Soy Roberto, el hijo de la cocinera –la reina estaba por formular otra pregunta, pero Roberto hizo un simple “shh” y ambos se quedaron callados.

Entonces, otra sombra se acercó detrás de Roberto, y sujetó su hombro firmemente. La campesina había llegado, y le tendía las llaves de la jaula.

-¿Cómo es que…?
-No pienso volver a matar –dijo la campesina-, así que más te vale que te des prisa, y lo hagas en silencio.

Roberto asintió, conteniendo el aliento, y procedió a abrir la jaula. Unos segundos después, la reina se incorporaba lentamente, y tras un movimiento de cabeza de la campesina, los 3 procedieron a alejarse del campamento.

-Eso ha ido más fácil de lo que jamás hubiera pensado –Roberto corría junto al caballo, mientras la campesina y la reina montaban en el animal, y se alejaban del lugar, aun envueltos en la oscuridad.
-Lo mismo digo yo, por tanto, no debemos confiarnos –la campesina dirigía al caballo en dirección al oeste, lo más rápido que podía. Se habían robado otro caballo, en el cual iban Roberto y el saco café.
 -¿Y se puede saber porque no vamos en dirección a la cabaña?
-Porque cuando esos caballeros de armadura negra despierten, se pondrán a rastrear para recuperar a la señora acá presente –y apuntó a la reina con un ligero movimiento de cabeza.
-¿Entonces vamos a despistarlos?
-Así es, nos tomará un par de días regresar a la cabaña, es por eso que he traído alimento, y agua –apuntó al saco café que Roberto llevaba detrás de él-. El problema está en que no sabemos por dónde empezarán a buscar, ni cuánto tiempo dedicarán a la búsqueda, no sé qué tan importante sea esta señora –la reina estaba por decir algo, cuando Roberto interrumpió.
-Lo mejor será seguir cabalgando hasta que amanezca, y deberíamos de descansar durante el día.
-Yo opinaría lo mismo, niño, pero necesitamos poner la mayor distancia posible. Seguiremos cabalgando hasta medio día, entonces descansaremos, y cuando caiga la noche, volveremos a movernos.

Y así, el resto del viaje siguió en silencio.